Jonás y la ballena de acero

Se llama Jonás.

boca de metroLo encontré ayer, en las escaleras de entrada a la estación de Metro de Puerta del Ángel.

Casualidades (o no) de la vida. Estaba esperando a una persona. Jonás se acercó y me pidió algo de dinero para comer. No había probado bocado en todo el día, y su casa le quedaba lejos. Por Acacias, creo recordar.

El aparente y cansino gesto de sacar la cartera y dar un poco de eso que nos sobra —algo que hacemos de forma mecánica y casi sin pensar, como excusándonos de nuestra bonanza y queriendo compensar de alguna forma lo afortunados que somos en relación a otros que no tienen la misma suerte— dio lugar esta vez a una charla de persona a persona. Le quitó el rostro de la indiferencia y el anonimato a una persona con una vida muy interesante. Digna de ser contada, y eso es lo que estoy haciendo hoy.

Porque Jonás no es una persona común. En su Sierra Leona natal trabajaba en los muelles de un puerto. Y un día su ansia de viajar y de buscar una vida mejor lo llevó a ocultarse en uno de esos grandes contenedores que transportan los barcos de mercancías y abandonar su casa y su familia. Viajó a Japón, y de allí, en otro contenedor, vino a España, hace más de veinticuatro años.

En Sierra Leona lo dan por oficialmente muerto.

Mientras compartíamos un cigarro, Jonás me Jonáscontó la historia de ese otro Jonás, el personaje bíblico, que huyendo de su propio destino se embarcó en un navío rumbo a Tharsis (la Tartessos histórica). Para calmar una tempestad los tripulantes del barco echaron a suertes, y la suerte cayó sobre él. En las aguas Jonás fue tragado por una ballena, que lo llevó a Nínive, a cumplir con su Dharma, con lo que Dios quería para él.

Las similitudes me parecieron apabullantes. No hubo estómago de ballena, pero sí estómago de acero. Jonás se embarcó para cumplir con su propio destino, a miles de kilómetros de su casa y sin saber qué le deparará cada nuevo día, dónde dormirá o con quién se encontrará. Y en ésas está.

El sueño de Jonás es ser cantante en un grupo. Estuvimos hablando un buen rato sobre música, sobre el negocio y sobre las posibilidades de medrar en él. Sobre su hermano médico en Inglaterra que no sabe ya ni que existe. Sobre la vida.

Cuando llegó la persona a la que estaba esperando se llevó la mano al pecho y yo me llevé la mía al mío, y nos despedimos.

Tal vez nunca volvamos a vernos.

desconocidoNos perdemos a las personas por no tener la paciencia de pararnos y conocerlas como son realmente. Llevamos puesta una especie de anteojera emocional que nos impide atisbar en los recovecos del alma, que es donde realmente se encuentra el Ser. Olvidamos con facilidad los buenos momentos, y a las personas que nos aprecian, o que hemos apreciado. Consumimos relaciones. Abusamos del prójimo. Y Jonás se encuentra a la vuelta de la esquina, o en la boca de cualquier suburbano. Nínive es nuestro mundo prefabricado, en el que tenemos que vivir pero que podemos transformar, a fuerza de convertir cada encuentro, cada recuerdo o cada oportunidad en algo con lo que crecer y hacer crecer a los demás.

Es preciso rebelarse ante tanta cataplasma emocional como nos ponemos. Con la excusa de no sufrir, nos impedimos Vivir.

Y la vida consiste precisamente en eso.

 

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Vínculos y cadenas

El día que perdemos la capacidad de sorprendernos con todo lo que nos pasa, nos hacemos viejos.

En los últimos días he reflexionado mucho acerca de la naturaleza de los lazos que nos unen. Concluido mi proceso de sanación interna, he hecho inventario de cuántas relaciones (de amor, de amistad o sus derivados) han pasado por mi existencia, y cuál ha sido su impacto en ella.

unión místicaHe encontrado relaciones de auténtico hermanamiento. Relaciones que a pesar de los años se mantienen incólumes y frescas como el primer día.

He encontrado relaciones circunstanciales, de varios días, semanas o meses. Incluso de años, que por intrascendentes no han dejado ninguna huella.

He encontrado relaciones de interés. De necesidad. De competencia laboral. De autoayuda en dos direcciones (mía hacia otros y de otros hacia mí).

Y he encontrado cuatro relaciones sentimentales que nunca debieron llamarse tales si mi nivel de evolución personal hubiese sido el que debía de ser en cada uno de los momentos en que se produjeron.

Lo que sí que he podido comprobar es la no localidadnaturaleza de los lazos que nos unen. Tiempo atrás leía a Gregg Braden y su concepto de Matriz Divina, y cómo todo lo que nos rodea, a semejanza del Mäyä de los hindúes, es una pura apariencia que esconde detrás una red, invisible pero perceptible. Y reflexionando sobre ello, y sobre la vacuidad, estoy llegando a la conclusión de constatar, entre sorprendido y abrumado, que una vez nuestro ser se une al de otras personas, por intrascendentes, absurdos o casuales que puedan ser esos vínculos, permanecen hasta la eternidad.

Tiene mucho sentido: si vivimos entretejidos en una red no-local, a pesar de la apariencia material del mundo, en algún momento nuestros elementos constitutivos fueron energía unida a la energía de los otros. La ficción del tiempo y el espacio separa esa energía y la condensa en materia, pero cuando se vuelve a unir, del modo que sea, la conexión permanece y es instantánea.

Reflexionar sobre ello lleva a otra reflexión aún más ardua: el cómo mantener el equilibrio cuando ese conocimiento nos lleva a comprender que cualquiera de nuestros pensamientos, acciones o expresiones actuales influirá, de una forma nuevamente no-local, en las vidas de aquellos con quienes hemos compartido un trozo de nuestra existencia. Y de ahí a la importancia de que ese pensamiento sea positivo y no albergue jamás deseos de revancha, dolor, ira, reproche, venganza o miedo.

cadenaCuando eso sucede, no existe vínculo. Existe una cadena que nos ata, a través del apego, a una ficción de los demás irreal, a una plasmación de nuestros propios estados del ser en carne ajena.

Y sobre eso queda mucho, mucho que pensar…

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Desvinculándose del apego

En los últimos tiempos he aprendido a no echar la vista atrás, pero en las pocas veces que lo hago –generalmente, cuando acabo mi sesión de meditación- contemplo en retrospectiva mis modos de funcionar y mis vivencias. Y una de las más repetitivas fue mi excesivo apego por personas, situaciones y hasta objetos.

El Shakyamuni decía que “el mundo está lleno de sufrimiento. La raíz del sufrimiento es el apego a las cosas. La felicidad consiste simplemente en dejar caer el apego de cuanto nos rodea”. Y el Maestro a su vez nos hacía una invitación clara: “dejad que los muertos entierren a sus muertos, y tú ve y anuncia el Reino”.

A cuántos muertos nos aferramos…

apego1Nos aferramos a relaciones pasadas, aquellas que no vuelven o, al menos, no lo hacen ni en el tiempo ni en el modo en que lo esperamos.

Nos aferramos a nuestras amistades, exigiéndoles, en ocasiones, más de lo que pueden dar.

Nos aferramos a la juventud, a la facilidad de la vida del niño y del adolescente.

Nos aferramos a las posesiones materiales, a la vida cómoda, a la expectativa de un trabajo que libere nuestros problemas, aun a costa de quitarnos el tiempo, que es más valioso que el oro.

Nos aferramos a las modas, a la estética, a la renuncia al pensamiento, a dejar que otros nos dirijan.

Nos aferramos a nuestros patrones negativos, a la depresión, al complejo, a la duda y a la enfermedad.

Nos aferramos, en fin, a la cadena que nos aprisiona en una vida que no es la que queremos vivir, pero con la que nos conformamos por miedo a buscar otra más auténtica.

En nuestra naturaleza trina (cuerpo, mente y espíritu) apego3el apego tiene consecuencias en nuestras tres esferas. En la esfera corporal, a través de patrones y enfermedades. Si pensamos demasiado en el pasado tendremos problemas gastrointestinales (el aparato digestivo es sensible al Tiempo), articulares, o incluso a desarrollar tumores (que a veces son la plasmación de un dolor pasado o un rencor no resuelto). En la esfera mental, en forma de ansiedad y depresión. Y en la esfera espiritual como desaliento, alienación y sensación de vacío.

Desapegarse no consiste en volverse, de repente, insensible, sino en separar los buenos actos del espíritu de sus consecuencias, especialmente de aquellas que no nos satisfacen. Si hemos amado, debemos sentirnos orgullosos y afortunados por haberlo hecho, y dejar a la persona amada continuar su vida si es que decide no estar más en la nuestra. Si nos han herido, en abandonar todo sentimiento de revancha, porque hasta la última acción, aunque sea negativa, tiene un porqué que alguna vez comprenderemos. Si nuestras circunstancias cambian, agradeciendo la oportunidad de haberlas vivido, y dejando espacio para que el vino nuevo tenga un odre nuevo. Si pensamos que nuestra conducta no ha tenido ninguna recompensa, desvincularnos de esa acción, pues su desarrollo siempre tiene un resultado, aunque no sea el esperado.

apego3Desapegarse. Renunciar a la cáma muelle y a la vez opresiva que es la continuidad, el rédito a las buenas acciones, el justiprecio exigible al amor o a la dedicación, el buen nombre, el recuerdo de los demás, el éxito, la fama, el dinero o la belleza.

Empresa compleja. Pero no imposible.

 

 

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Cuando el enemigo eres tú (V)

¿Cuál es el detonante habitual de la ansiedad?

images (11)Por lo general, el Miedo. El miedo a no ser suficientes. El miedo a la soledad. El miedo a no ser lo que los demás esperan de nosotros. El miedo a fracasar. El exceso de preocupación por uno mismo. El miedo a la vejez o a la muerte. Hay muchos que se resumen en uno solo. En esas condiciones, y afectados por las impresiones externas e internas de las que hablamos antes, se va creando un caldo de cultivo que acaba por estallar. Y lo hace en forma de ansiedad porque somos especialistas en negarnos a nosotros mismos, de tal manera que, en ausencia de reconocimiento de la mente, es el cuerpo el que se encarga de dar la voz de alerta.

Aunque somos mucho más que eso, la naturaleza de nuestro chasis es enteramente animal. Una de las consecuencias del bipedismo fue que, al no ser el proto ser humano ni el más veloz, ni el más fuerte, ni el más ágil, ni poder volar o hacer un agujero en tierra para esconderse, sus mecanismos de alerta tenían que posibilitarle la mejor de las huidas en el menor tiempo posible. Por eso, ante un estado de peligro inminente, los músculos del cuello se tensan, la vista se enfoca en el punto más importante, la frecuencia cardiaca aumenta y se deriva el volumen de sangre a los centros más importantes para la escapada. Por eso, cuando el mecanismo se dispara en ausencia de peligro real, en forma de ansiedad, esas respuestas físicas lo que hacen es aniquilarnos, huidaen lugar de ayudarnos. El mareo proviene de la acumulación de sangre en la cabeza. Los escalofríos, de la tensión de los músculos; la visión borrosa, de la concentración del ojo, y así un largo etcétera, pero en pésimo funcionamiento y consumiendo recursos inútiles, porque es nuestra mente la que ha confundido al cuerpo y lo ha activado cuando no era necesario.

Somos un compuesto de cuerpo, mente y espíritu. Cualquier desequilibrio en uno de ellos conduce a consecuencias en los demás. En el caso de la ansiedad, el desequilibrio se produce en nuestro cuerpo mental: es nuestra propia exigencia, o la presión exterior, la que hace que nuestra mente se vaya agotando poco a poco, de tal forma que cuando viene el primer golpe no lo vemos venir porque no asociamos el efecto con la causa. Y como no lo hemos identificado correctamente, se plasma en nuestro cuerpo físico. Todas las sensaciones que hemos recogido antes, y muchas más (seguro que tantas como personas existen) no son más que el altavoz por el cual salen al exterior, como en una erupción, nuestros materiales internos mal digeridos.

En algunas ocasiones excepcionales, el golpe lo originan otros factores. Desde un trauma hasta el consumo de sustancias estupefacientes o psicotrópicas. En este último caso la causa radica en que el abuso de drogas hace que afloren a la mente los fantasmas enterrados en ella, y lo hacen de una forma brusca y sin preparación previa. Un motivo más, por si no hubiera muchos de por sí, para abandonar su consumo o evitar caer en él.

miedoUna vez que viene el primer golpe, el miedo inicial se transforma en un Miedo al Miedo. Miedo de que me vuelva a suceder lo mismo. Miedo a morir por ello. Miedo a volverme loco, incapaz o hacer daño. Y se convierte en la pescadilla que se muerde la cola. Las sensaciones físicas desagradables alimentan la producción o el mantenimiento de más sensaciones que se cronifican, que se hacen permanentes. Por lo general a estas alturas el médico ya nos ha encalomado las pastillas correspondientes, que vienen a sumar al cuadro general un estado de narcotización que comienza a interferir en las actividades cotidianas. Medicación a la que no voy a oponerme, pero que por propia experiencia considero más un paliativo fácil que una solución real al problema.

La ansiedad puede vestir otros ropajes, en agorafobiaforma de fobias (especialmente la agorafobia), trastornos obsesivo compulsivos o fobia social. Las primeras centran la alerta no en un compuesto heterogéneo de factores, sino en uno solo. La agorafobia suele entenderse como miedo a los espacios abiertos, pero en general afecta a cualquier actividad que se desarrolle fuera del ámbito seguro del hogar. No tiene que manifestarse sólo como el temor a ir a un centro comercial: puede darse a conocer también en otras modalidades, como tener miedo a viajar en un transporte público, a pensar que se va a enfermar en un lugar en el cual se cree que no va a recibir ayuda, a no poder controlar las necesidades fisiológicas,… un largo etcétera, pero derivado siempre de la ansiedad como causa primera, y con el sentimiento de indefensión como principal generador de ésta.

mejor imposibleEl trastorno obsesivo compulsivo (alias TOC) es muy similar, aunque tiene un grado de distinción. Aquí el objeto de la ansiedad, más que el entorno, es el propio pensamiento. Surgen las obsesiones (ideas repetitivas ante las cuales se piensa que no se tiene control y que son, de alguna manera, externas e invasivas en la mente) y como consecuencia las compulsiones para tratar de reducir la ansiedad que generan y para eliminarlas. Ejemplos claros son las personas que siguen pautas para ordenar las cosas o las que manifiestan una preocupación obsesiva por la higiene que les lleva a meticulosos procedimientos de desinfección, entre otros.

Por último, la fobia social no se centra en el fobia socialobjeto de la ansiedad, sino en los sujetos que se cree pueden percibir la misma. Se tiene miedo a las reuniones sociales, a hablar en público, a ser criticado o humillado, a que terceros conozcan sentimientos, conversaciones o pensamientos, o incluso a comer, beber o evacuar en público.

Según yo lo percibo, estos últimos trastornos son facetas distintas de un único mal, que es la ansiedad, en general. Varían el grado, el objeto o el sujeto, pero la causa frecuentemente suele ser la misma acumulación de daños que genera la primera, y por tanto no es infrecuente que aparezcan varios al mismo tiempo, y que el modo de solucionarlos sea el mismo.

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Cuando el enemigo eres tú (IV)

 Segunda parte

La Noche

dali

Seguro que te reconoces en alguno de los puntos o situaciones de los que hemos hablado antes. Pero esas situaciones, por sí solas, no bastan para caer en el abismo. Hace falta algo que amplifique esas sensaciones y las convierta en una enfermedad.

Lo vamos a llamar El Detonante.

Es como una carga de profundidad con temporizador, que se activa cuando menos lo esperas, y no necesariamente en el mismo momento en el que sucede.

Martes por la mañana. Te encuentras en el trabajo, y de repente todo te empieza a dar vueltas. Tu corazón se vuelve loco de latir, sientes náuseas o crees que te vas a desmayar.

Tarde de domingo. Estás tan apático que no tienes ni ganas de levantarte de la cama. Empiezas a llorar sin ningún motivo, a sentirte desdichado, a creer que no merece la pena vivir. Y ya no paras.

¿A alguien le suena esto?

A lo primero le llamamos ansiedad. ansiedad 2A lo segundo, depresión. Incluso es probable (y de hecho es muy frecuente) que las dos vengan tomadas de la mano. Puede que la situación estresante no haya sucedido el martes por la mañana, o que la ruptura sentimental sucediera meses antes de la tarde de domingo, pero se presentan en ese momento y no en otro.

Siempre hay un por qué. Ya vimos antes el planteamiento, y sólo le hace falta el nudo (el detonante) para llegar al desenlace.

La ansiedad

Es una experiencia sumamente desagradable, a la que se añade el dolor que causa el ser una enfermedad incomprendida por los síntomas que genera, que suelen ser vagos, contradictorios y difíciles de catalogar. Es muy complicado explicarle a tus seres queridos lo que te sucede, y eso alimenta al monstruo con carnaza fresca —una soledad lacerante— y lo hace más fuerte y difícil de vencer.

ansiedad 1El esquema básico seguro que lo saben aquellos, de entre los que lean estas líneas, que lo hayan padecido. La ansiedad se presenta siempre de forma repentina, como antes dijimos. Lo hace en forma de un ataque que se ve acompañado (entre muchas otras que pueden presentarse) de sensación de vértigo, de muerte inminente, de taquicardias, de dolor en el pecho (que por sí solo hace también que creamos que estamos teniendo un colapso cardíaco o un accidente cerebrovascular), de sensaciones de calor, de visión borrosa y, en ocasiones, de algo que es sumamente aterrador y te deja noqueado por completo: la desrealización. Es una sensación vaga, como de ver por un túnel, y de sentir que eres espectador de lo que está sucediendo, como si no fueses tú, como si estuvieras flotando o soñando. Los sonidos se amortiguan. Las palabras de los demás te llegan de forma confusa. Ves luces o te molesta la luz, y una angustia imposible de describir te inunda.

Ataque de pánico o de ansiedad, tanto da que da lo mismo. Pero que marca un antes y un después.

Comienza la huida. Quien sufre este golpe descargase queda tan impresionado con él que empieza a temer el bis. El sistema nervioso se altera de tal forma que vives pendiente del más mínimo síntoma que sugiera su vuelta. La visión borrosa no se va. El mareo por lo general tampoco. Empieza un peregrinar de médicos para tratar de encontrar una causa a lo que te sucede que siempre es parcial, porque cada vez refieres algo distinto. En tu alrededor no comprenden bien lo que te sucede. En algunos casos no se lo toman en serio, o supone una fuente de molestia escuchar el relato de tus cada vez más extraños y diferentes síntomas, y lo pendiente que estás de ellos. Y la bola de nieve va engordando.

Las consecuencias son muy diversas. Desde vivir en un estado de continua alerta, que genera conductas como la ansiedad generalizada o la hipocondría (miedo a las enfermedades o excesiva preocupación por los procesos fisiológicos), hasta la progresiva retirada del mundo para evitar la situación estresante, que conduce a la agorafobia. Y un sinfín de manifestaciones intermedias, como las fobias (miedo a subirse en un autobús, a perder el control de uno mismo, a contaminarse, etcétera), o la bulimia, por poner algunos ejemplos.

El sueño no suele ser reparador, e incluso puede verse afectado cuando la ansiedad lleva meses de desarrollo y muta de forma. Si se consigue controlar por el día puede aparecer de noche, en forma de bombardeo de pensamientos o despertares muy desagradables, acompañados de más sensación de desrealización.

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Cuando el enemigo eres tú (III)

Causas externas

Hasta aquí, aquello que nos compete a nosotros mismos. Pero como no podemos sustraernos del entorno en el que vivimos, es inevitable que parte del bombardeo que éste ejerce nos llegue, y nos afecte.

El caldo de cultivo natural para que enfermedades como la ansiedad o la depresión aparezcan es una vida sin amor. Familias desarraigadas, malas experiencias escolares, adolescencias traumadas, rechazo social o sentimental, separaciones, rupturas, pérdidas de familiares y un largo etcétera que acaba teniendo el denominador común de una carencia de afecto.

El afecto es tan importante en esta vida como respirar. Nunca me cansaré de repetirlo. Desde antes, incluso, de nacer.

images 15Y ya empezamos mal con eso. A veces un hijo no es deseado. En algunas ocasiones, se tiene en unas condiciones completamente inadecuadas. En otras, al fin, se hace de forma poco consciente o con la ausencia real o espiritual de uno de los padres, o de ambos. Según numerosos estudios, un bebé es un ser capaz de recoger esas impresiones ya incluso dentro del vientre de su madre. Y sin embargo no se hace el hincapié suficiente en hacer lo más natural y afectuosa posible esta etapa de la vida. No se inculca a las parejas la importancia de una gestación afectuosa y libre de sobresaltos, consecuente y responsable con la importancia de traer al mundo una vida. Tampoco el espacio es el adecuado: las maternidades ahora son un espacio quirúrgico en el cual la emoción y la naturaleza brillan por su ausencia, y donde se practican más cesáreas y episiotomías de las necesarias, donde al niño o la niña se lo llevan apenas nacido y no le permiten dirigirse hacia el pecho de su madre de forma natural. Donde aún en muchos lugares el padre es un mueble que más que ayudar estorba.

Mal empezamos, pero peor continuamos. Los mass media nos estimulan, desde el mismo inicio, a crear individualidades. No llores, que molestas a tus padres. No juegues a la pelota, que incomodas a los vecinos. No pintes. No pienses. No tengas más hijos, que te despido. Déjalos en la guardería, que te despido. No. No. No.

Y crecemos sintiendo en algún punto de nuestro interior que no somos más que una causa de molestia.

Cuando llegamos a la etapa de la adolescencia descarga 3empezamos a sufrir otras ráfagas de ametralladora. Entramos dentro del Mundo Material y nos tenemos que someter a sus dictados. La estética y la agresividad son fundamentales: si eres bajito, o tienes unos kilos de más, o llevas gafas, o no eres todo lo despiadado que se debe presuponer a una larva de Macho Alfa, o no quieres seguir la moda del pimpollo de turno, eres apartado, excluido. ¿Quién decide quién es más valioso que quién? Una revista, una película. Una fotografía. Así de absurdo. Pero tragamos y consentimos, y lo que es peor, lo vemos como lo más normal.

Sólo nos dejan aprender aquello que se supone que va a ser útil. Nos enseñan que un individuo vestido con traje y corbata siempre será alguien respetable, y quien salga de ese uniforme es poco menos que un desarraigado social. Y podría ser justo al revés, pero no.

Aprendemos a vivir de apariencias. A juzgar a las personas por lo que poseen. A acumular bienes materiales para presentarlos a terceros y darnos valor con ellos. A entender un trabajo no como un servicio, sino como una carrera profesional, caiga quien caiga.

images 16¿Interesa esta visión? A nosotros no. Pero hay a quien sí le interesa. A quien sacará rédito con ello. Muchas veces puedo repetirme, pero creo que no está de más abundar en algunos pensamientos: a aquellos que dirigen esta sociedad (y, por ende, administran sus privilegios) les interesa que seamos individuos aislados, porque solos somos más manipulables y permeables al consumo y a la domesticación. En lugar de favorecer las uniones duraderas y las familias estables, se nos bombardea incesantemente con la tan manida frase (y tan mal entendida) del Carpe Diem, que en román paladino actual viene a significar “haz lo que te dé la gana, incluso con los demás, que mientras te creas libre, yo te controlaré más y mejor”. En lugar del consumo responsable, se nos invita a acumular cosas innecesarias. Y no sólo materiales. También consumimos relaciones. Las llamamos “experiencias”, “rollos”, “colegueo” y un largo etcétera.

Para acabar llegando siempre al mismo sitio. Una cama vacía, o compartida con un desconocido, y la sensación amarga de que ésa no es la clase de vida que queríamos.

Causas internas y causas externas que images (12)van impresionando nuestro ser en un proceso que dura años, pero que tarde o temprano salta al exterior. En el ínterin, perdemos la noción de la vida como un todo y nos vamos quedando con los retazos dispersos que en parte la constituyen, en forma de relaciones frustradas, sueños inalcanzables, afectos ahogados, ausencias injustificadas y hechos incomprensibles. Es entonces, cuando se oculta la perspectiva, cuando los hechos carentes de contexto se nos figuran como golpes del destino, mala suerte, azar desgraciado y un sinfín de interpretaciones más, y cuando nos convertimos en espectadores pasivos de nuestra propia historia. Todo lo pasivo acaba por resultar dañino, por inacción, por dejarse llevar o —aún peor— cuando son otros los que llevan las riendas, o de los que depende nuestra felicidad o desgracia. La pasividad conduce al conformismo y a que cada impresión del golpe se acumule y haga más doloroso el siguiente. Una suma de varios de ellos, junto con sus consecuencias mal digeridas, empieza a disparar nuestros mecanismos de alerta, alterando sus funciones normales, y preparándolos para fallar un día.

Y es entonces cuando el sol se pone, y llega la pesadilla.

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Cuando el enemigo eres tú (II)

images (6)Inmensamente sabio será aquel que sepa encontrar la respuesta. Pero, según creo y he vivido, gran parte de que eso sea así es nuestro propio recorrido, y el uso que le demos a elementos como el Miedo, la Vergüenza y la Culpa. Ya hablé antes de eso.

Un suceso desagradable es algo que acontece en un momento o intervalo determinados. Después de eso deja de existir, subsumido por otros hechos igual de importantes, relacionados o no, que forman parte de nuestro devenir cotidiano. Lo que diferencia a un buen recuerdo de un mal recuerdo es que frecuentemente este último deja, además del malestar transitorio, una impresión en nuestra mente. Nuestras neuronas, que son como esos anaqueles perdidos en los que se almacenan nuestros reflejos sensoriales y todo lo que es importante, establecen conexiones que permiten que esa impresión siga viviendo de forma autónoma.

Minutos. Días. Semanas. Meses. Tal vez años después.

Esto, que parece una explicación puramenteimages (10) positivista y biológica, esconde en realidad un significado más espiritual. El cerebro, al igual que nuestro brazo, nuestro ojo, nuestro corazón o nuestra piel, no son más que células organizadas, compuestas a su vez por átomos, que se conforman de diversos elementos que subsisten en un estado dual, como ondas y como partículas. Como partículas son reales, tangibles. Como ondas, representan un a fase de pura potencialidad. Sólo evolucionan a lo material cuando nosotros, conscientemente, nos fijamos y las observamos.

¿Qué es, pues, un pensamiento o un recuerdo? Una realidad cristalizada por nosotros mismos. La impresión que deja lo negativo hace que la situación de mal perviva en nuestro interior, como algo autónomo y al mismo tiempo parte de nosotros, aunque sea igual de tangible que el sol que ahora mismo se filtra por la ventana o la sensación de frío. Y sin embargo le atribuimos una existencia objetiva, una vocación de permanencia que en ningún caso tiene, o que depende de uno mismo variar o hacer desaparecer.

images (14)Las impresiones que crean los sucesos desagradables arraigan así en nuestro interior, como una mala simiente que va emponzoñando poco a poco nuestro espíritu. Si es un hecho aislado, queda circulando por nuestro ser como una placa de ateroma solitaria que sólo se activará en momentos muy puntuales, con escasas consecuencias. Pero ay,… si son muchos más, si vamos estableciendo conexiones entre esos elementos, el resultado será muy distinto. Y ahí es donde entra en juego nuestro miedo y las primas llegadas del pueblo, la vergüenza y la culpa.

La vergüenza es el espejo de nuestro supuesto fracaso que nos figuramos reflejado en las niñas de los ojos de los demás. Un sentimiento negativo que no existe de forma objetiva, sino sólo en nuestra mente. La culpa es también una composición autónoma de reacción o respuesta (caben las dos modalidades) ante un comportamiento propio, haya sido bueno o malo, pero sin resolver.

El Miedo es la causa última de todos nuestros problemas, y quien siga esta página ya habrá leído en más de una ocasión que para mí es la clave de todo. Tiene muchas formas de manifestación: desde el egoísmo a la superficialidad, pasando por el perfeccionismo o la baja autoestima. Cuando perdemos la noción de Unidad con todo lo que nos rodea nos vemos a nosotros mismos como icebergs flotando en un mar de peligros, de amenazas, de seres que nos quieren hacer daño, y destinados a fundirnos en la nada. En una sociedad hipertecnológica como la nuestra, en la que se ha perdido la comprensión de la vida como un todo Holístico, es un hecho que esa soledad acarrea, y acarreará cada vez más, unos problemas que hay que fijarse poco para comprobar que no tienen aquellos seres humanos que viven imbricados con el medio. ¿Alguien conoce a un inuit con stress o a un mapuche con agorafobia?

Miedo. Miedo a perderte. Miedo al paro, images (15)a sufrir un ictus o a que la amiga de tu madre piense que eres un fracasado. Miedo que conduce a que te sientas feo, a que te veas gorda, a trabajar dieciséis horas para poder tener un Audi TT, a comprar un potingue absurdo para ocultar las arrugas que deja el inevitable paso del tiempo. Miedo que hace que consumas relaciones o justifiques tu proceder como algo bueno cuando sabes que no lo es. Te piso a ti para evitar que tú me pises antes. Vergüenza a que te vean como realmente eres. Culpa por no ser lo que los demás esperan de ti.

Y más. Y más.

Y llega el STOP. Llega el parón de forma brusca. Llega la señal inequívoca de que el camino no es el correcto. Y esto, como fugitivos profesionales que somos, también tratamos de ocultarlo. Y es entonces cuando la Causalidad, que todo lo ve, interviene dejando las cosas claras, susurrándote a través de una manifestación que te dice, si sabes interpretarla:

No me has estado haciendo caso en todo este tiempo, así que, como te veo tan obstinado, voy a buscar algo que no puedas controlar para que caigas en la cuenta de que necesitas variar el rumbo”.

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