El Vendedor de Sal


En cierta ocasión, una joven misteriosa, venida de lejanas tierras, acudió a Tomás, el Vendedor de Sal, porque, según decía, en su tierra ya no quedaba ninguna. Les era un bien extremadamente necesario, ya que sin él no podían conservar sus alimentos, y por tanto, la vida se les hacía muy difícil.

Para el vendedor la Sal también era un elemento muy preciado. Cada mes debía realizar un viaje muy largo, hasta el lejano mar, a fin de proveer sus reservas y poder continuar vendiéndola. Sus existencias estaban casi agotadas, pero aun así accedió a vender un poco a aquella joven que le miraba recelosa.

No le preguntó si llevaba o no dinero, porque entendió su necesidad. Nadie puede vivir sin Sal. Ella se lo agradeció sin decir palabra.

Tomás comenzó poniendo un peso en el platillo izquierdo de la balanza. Después añadió sal al derecho, hasta que el fiel quedo a ras.

Sin embargo, a la bella extranjera le pareció que el peso que había en el platillo izquierdo no correspondía con la verdadera cantidad de sal que había en el otro extremo, por lo que fue solicitando del viejo vendedor el cambio de los pesos. Tomás fue añadiendo un peso tras otro, tratando de equilibrar la sal del platillo derecho. Pero a medida que iba desvirtuándose la primera medida, el equilibrio era más difícil.

Cuando el peso del platillo izquierdo fue del doble que el peso de la sal del platillo derecho, la extranjera interrumpió la operación.

“¿Sabes? Estoy pensando en que quizá habrá otro vendedor de Sal por las cercanías que pueda ofrecerme un producto de mejor calidad que el que tú vendes. Te agradezco el esfuerzo que has dedicado en mí, pero ahora debo marchar”.

Tomás no dijo nada. Entristecido, asintió con la mirada y dejó que la joven se marchase.

La extranjera de los ojos temerosos ya se había fijado en un comerciante ambulante que se situaba a unos pocos metros del puesto de Tomás. Llevaba consigo una sal reluciente, que brillaba incluso en la distancia, y que pregonaba como “el último de los descubrimientos de los sabios de Bagdad”. Seducida, acudió inmediatamente para poder comprar toda la que le fuera posible.

El otro vendedor, ciertamente complacido con la propuesta de la joven, le sugirió utilizar las monedas que llevaba como pesos para su balanza de mano. Empezó a echar su producto en un platillo y las monedas en otro, hasta que se equilibró, justo en el momento en que la joven entregó la última moneda.
Satisfecha con lo que consideraba una buena compra, la joven no cabía en sí de gozo. “Por fin encontré lo que andaba buscando”. Quiso probar, entonces, la mercancía, pero cuando lo hizo experimentó una horrible decepción.

Lo que había pensado que era sal, era en realidad una mezcla de arena de cuarzo y cal, de un sabor horrible y terroso que dañaba sus sentidos.

Confundida, quiso volver a reclamar al vendedor, pero cuando acudió al lugar donde se encontraba descubrió que no quedaba ni rastro de él.
Presa de la desesperación, acudió al puesto de Tomás, dispuesta a pedirle que reconsiderase su oferta y le proporcionase la sal que necesitaba, y sin la que creía que no podría volver jamás a su pueblo.

Tomás no dijo nada. Simplemente le mostró la balanza con la que antes habían efectuado las medidas. La sal se había derramado.

“¿Cómo es posible esto?”, preguntó ella.

»Cuando te marchaste, bella desconocida, mis ojos estuvieron siguiéndote hasta que llegaste al lugar donde se encontraba el vendedor de la sal brillante.

»Como había añadido tanto peso a uno de los platillos, éste se vino abajo, vencido. Entonces la sal se elevó hacia arriba, derramándose en parte. Pero aun así la mantuve, pensando que reconsiderarías mi oferta y volverías.

»Como no lo hiciste, retiré los pesos del otro platillo casi sin darme cuenta de lo que hacía. Y entonces la sal, que hasta entonces había estado arriba, se vino abajo, cayendo al suelo.

»Ahora no me queda ninguna sal que ofrecer, ni a ti ni a nadie. Si no me hubieras exigido que pusiese tantos pesos en un platillo y luego no te hubieras marchado a otro puesto, hubiera podido vendértela sin ninguna duda. Pero ahora ya ves que yace mezclada con el polvo y la arena del camino.

“Por qué no me pediste que pusiera monedas en lugar de usar tus propios pesos?” Preguntó ella, cada vez más perdida.

“El buen vendedor no te pide nada a cambio antes de comprobar que lo que vende es de buena calidad. Tiene sus propios pesos, y sus propias técnicas, para lograr que el acuerdo sea ventajoso para las dos partes.”

“No entiendo cómo ha podido pasar esto”, acertó a decir, al fin, la muchacha.

“El peso de un producto tiene que ser igual a la cantidad que ofreces por él. Tanto si pones mucha sal en un platillo como si añades demasiado peso en el otro, nunca se llegará al equilibrio, y la medida nunca será posible. Tarde o temprano, la sal se derramará, y no servirá para el propósito para el que Dios la creó. “

La desconocida se ofreció entonces a ayudarle para recuperar la sal derramada, pero Tomás se negó. Confundida, casi con los ojos humedecidos, le preguntó el motivo.

“Sólo un vendedor de Sal conoce su materia prima. Otros vendrán que te seducirán con sus productos más brillantes, más lujosos o más baratos, pero sólo quien de verdad ha recogido la materia con sus manos y la ha transportado hasta su tienda conoce en realidad lo que está vendiendo. No has sabido reconocer la verdadera sal, y por eso ahora vuelves a mí, cuando ya no te queda una sola moneda con la que pagarme. ¿Crees que podrías reconocerla si la ves mezclada con la tierra?”

La extranjera asintió y tragándose una lágrima emprendió el camino de vuelta a su hogar, mientras Tomás se arrodillaba en el suelo para comenzar a recoger la sal desperdiciada. Cuando ya estaba lejos de la ciudad, pensó que, quizá, debería volver para ayudar al viejo en su tarea. Quizá él pudiese enseñarle a reconocer la verdadera sal. Quizá podría ayudarle ella a él a encontrar otra salina en la que proveerse.

¿Sería la misma sal?

¿La aceptaría Tomás?

Con estos pensamientos, giró la cabeza y meditó sobre el camino que tendría que desandar.

“Quizá…”

Escrito el día 6 de junio de 2012.

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