El Amor, desde mi ventana (II): las formas del amor


El Amor más puro que puede existir es el amor filial, el de una madre hacia su hijo. Ése es terreno parcialmente vedado para nosotros, los hombres, que no tenemos la posibilidad de sentir crecer a una criatura en nuestro vientre ni de alimentarla en sus primeros meses en este mundo. Incluso, aun no dándose todas esas circunstancias (como el caso de los niños adoptados), la relación de absoluta entrega que se produce entre una madre y un bebé es la forma más perfecta de amor que existe. No espera. No pide. No necesita. Solo da. Desde el alimento del pecho hasta una caricia.

Ser papá no es lo mismo que ser mamá, pero tenemos que tratar de acercarnos. Un hombre que no es padre, aspira a serlo o cumple esa función no tiene una visión completa de sí mismo, y (o yo lo pienso así) no puede tener una experiencia completa de fusión con otro ser sin remanentes ni contrapartidas. No podemos gestar a un bebé ni darlo a luz, pero sí podemos acunarlo y estrecharlo contra nuestros brazos, y hacerle sentir feliz y protegido. No podemos amamantarlo, pero si alimentarlo, y hacerle sentir que somos su sustento y apoyo. No tenemos esa cualidad innata de una mujer para conocer de primera mano todas sus necesidades, pero podemos escuchar a nuestro corazón y seguramente podremos reconocerlas, con el tiempo.

No creo que exista para un ser humano una sensación igual que tener un bebé dormido entre los brazos. Hace poco tuve de nuevo esa oportunidad, y no se paga ni con todo el oro de esta Tierra. Te hace sentir parte del Universo. Implicarte en los misterios de la Creación. Sentir que eres todo el Mundo para la personita que duerme tranquila, sabiendo que no le vas a fallar.

En fin…

Para quien es creyente en algún tipo de trascendencia, la sensación que se puede tener al orar, o al abandonarse en los brazos de Dios, es muy similar. Pero eso me llevaría lejos, muy lejos, del propósito de esta entrada. Tal vez en otra ocasión.

Por debajo del amor filial se encuentra el amor de pareja. Ése que es fuente de nuestros mayores gozos y de nuestros dolores más descarnados. Esa unión, perfecta, imperfecta o aparente, en la que tomamos conciencia de que el Uno, la Causa Primordial, al tener conciencia de sí mismo se dividió en Dos, creando las naturalezas enfrentadas, lo positivo y lo negativo, la dualidad que es causa de la imperfección. El hombre y la mujer (o el elemento activo y el elemento pasivo, en relaciones entre personas del mismo sexo).

Para el caso de esta dualidad no nos sirven las matemáticas. En esta ocasión, la suma de las partes no es igual al todo, porque dos no puede ser la suma del Uno, que lo es todo. En las relaciones de pareja sucede lo mismo. Mi persona y tu persona no pueden nunca conformar una unidad, sino sólo establecer una unión. Entonces es cuando el dos se convierte en Tres: tú, yo y nuestro amor, o nuestro deseo sexual, o lo que sea. Nuestro deseo de unión es lo que nos relaciona.

Si avanzamos más allá, y decidimos crear un vínculo, nuestro Tres se convierte en Cuatro, que es nuestra relación materializada. Y aquí es donde surgen nuestros problemas, porque para que nuestro pequeño amor se pueda convertir en Amor, con mayúscula, del que no se agota con el tiempo o con las circunstancias o intervención de terceros, es necesario ir más allá, avanzar un paso más en la comprensión de la naturaleza del sentimiento, y permitir que suceda. Si sucede, y lo hace de forma verdadera, llegaremos al Cinco: La Unión. Con U mayúscula.

Esto lo vieron los egipcios (y por extensión, los pitagóricos que heredaron su pensamiento) hace milenios. No está mal para una cultura presuntamente atrasada y que no conocía el Wifi o el fin de semana en Ibiza, o las virtudes y desgracias de la prima de riesgo. Es posible (recordemos que no hablamos de una ciencia exacta) que fracasemos tan a menudo en nuestras relaciones de pareja porque nunca pasemos de una ficción, de una mera intención de convivencia por los intereses que sean, o como mucho de un amor pequeñito, de servicios mínimos y condenado al tiempo. De unión, lo que se dice Unión, he conocido muy pocos ejemplos en esta vida, y ya llevo unos años en el tema.

Comenten ustedes sus experiencias y sentimientos propios sobre la cuestión.

El amor que se llama amistad es una relación en miniatura en la que está ausente el deseo sexual (salvo ficciones de amistad, claro), de unión completa o con vistas a la formación de una familia, en algunos casos, pero en el que están (o deberían estar) todos los demás ingredientes. Siempre he pensado que el amigo es el hermano o la hermana que se elige. A partir de ahí, tiene que existir el deseo de que se inicie esa amistad, la madurez de saber conservarla y el firme propósito de que sea una relación que beneficie a las dos partes. Que sume, en lugar de restar.
Tal vez por eso solemos fracasar también en nuestras amistades. Si no sabemos, o no queremos, dar, luchar por esa unión y mantenerla viva por encima de nuestros intereses personales, la pequeña planta que sembramos languidece y acaba muriendo. Los malentendidos, las discusiones, las traiciones y el resto de los pulgones que la acechan podemos evitarlos si no tenemos Miedo. Pero…

Por último, existe una última forma de amor que para mí está sólo por debajo del amor filial: el amor al otro, sin nombre, apellidos o razón social. Es el amor por los demás, por los problemas de quien no conoces, por la situación de desamparo o de dolor del que tenemos enfrente. Es un amor casi con mayúscula, porque tampoco espera, ni reclama, ni necesita, ni exige contrapartida. Es ese sentimiento que lleva a las personas a dejarlo todo, a apartarse de su hogar y hacer miles de kilómetros, o el que al lado de nuestro trabajo o de nuestra casa, o a través de la pantalla de un ordenador, trata de hacer mejor la vida de alguien que puede no devolverte nada sólo por el hecho de hacerlo. Dejando aparte la propia satisfacción personal que eso produce, si lo hace, al mundo le hace falta una verdadera manifestación de ese amor que es casi divino. Pero nos educan desde que apenas podemos ponernos en pie en la competencia, el egoísmo y la individualidad, y ese sentido se adormece y en muchos casos muere. Es el dolor el que en ocasiones, y siempre que queramos escucharlo, actúa como maestro para entender que lo que yo sufro puede estar sintiéndolo otro, de forma amplificada y con más motivo, el hermano que está a la vuelta de la esquina.

Del dolor nace la empatía. De la empatía, el sentimiento. Y del sentimiento bebe el amor, aunque sea a una máscara anónima.

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