El Amor, desde mi ventana (IV): Conócete a ti mismo


En la puerta del Templo de Apolo en Delfos (Grecia) figuraba una leyenda que cada visitante tenía que contemplar antes de ingresar en él: γνῶθι σεαυτόν. Conócete a ti mismo.

Parece una expresión mágica o, en sentido contrario, una perogrullada fácilmente accesible para el profano. En realidad, es una ciencia compleja, complejísima, que nos lleva toda la vida dominar.

Conocerse uno a sí mismo es la acción más importante de nuestras vidas. Define cómo somos, cómo actuamos y qué esperamos de los demás. También a la hora de definir qué es lo que sentimos como amor, qué es lo que esperamos del otro y cómo vamos a darlo. Desgraciadamente, también en eso flaqueamos. Pasamos por la vida sin apenas darnos cuenta de lo que hacemos. Nos engañamos. Engañamos a otros, a veces inconscientemente, y con nuestra actitud esquiva y errática contribuimos al caos, en lugar de a la armonía.

Una actitud profundamente equivocada si se trata de mí mismo. Imperdonable cuando lo aplicamos a los demás.

Para conocerse hasta los más íntimos recovecos es necesario recorrer el desierto del que hablábamos antes. Escuchar el silencio. Observar la trascendencia de nuestras acciones en el mundo. En el ruido, la prisa, la vorágine o el escalar social el bombardeo de imágenes, sonidos y situaciones hace prácticamente imposible prestar atención a esos pequeños-grandes detalles que marcan la diferencia. No está hecho el autodominio para los tiempos modernos, o viceversa. De hecho, a la Sociedad le interesan más los individuos desestructurados que los que son plenamente conscientes de su humanidad. Una persona que se desconoce es fácilmente manipulable y susceptible de ser engañada y conducida al redil del consumo. Y no sólo al de televisores, teléfonos móviles o viajes a Bali: también para el consumo de relaciones personales. Y ése es el principal motivo de esta entrada.

Si no nos conocemos a nosotros mismos difícilmente podremos aportar lo mejor que tengamos a otras personas. Aportaremos, sí, pero carencias, necesidades, orgullo y miedo. El desconocimiento implica tener que salir a buscar fuera lo que posiblemente tenemos dentro, pero no somos conscientes de poseer. Por ejemplo, nuestras propias virtudes. Aquellos puntos en los que somos fuertes y podemos contribuir a hacer la vida de los demás más simple o más dichosa. La valentía, la nobleza, la generosidad o simplemente (y no es poco decir) la autodependencia: aquella extraña cualidad en la cual no necesito a los demás para ser feliz, y sin embargo estoy con ellos porque quiero, porque me gusta verlos sonreír, porque me duelen sus dolores y porque los quiero amar por lo que son, y no por lo que me parecen. Algo que no puedo hacer si tengo miedo, si no me valoro, o si dependo de la percepción externa para ir rebuscando, como en un vertedero emocional, asideros a los cuales agarrarme cuando las cosas vayan mal.

La autodependencia es digna: te doy porque lo tengo, como decíamos antes, no para que me quieras más, como un perrito que busca la caricia de su amo, o para obtener una contrapartida, venga en forma de afecto (que no amor), sexo, bienes materiales o seguridad económica o social. Te doy porque sé que lo que te doy es valioso, y porque lo quiero para ti, ya que yo tomé lo necesario antes como para saber conducirme por la vida sin necesidad de asideros o paraguas.

El orgullo es la cara negativa de la dignidad, y generalmente va asociado a sentimientos de baja autoestima y dependencia. Muchas ocasiones hemos perdido todos, seguro, por no saber entender que a veces es necesario ceder, o no subirse a lo alto de la muralla, donde es mucho más probable que te alcance la flecha.

Conocerse también implica saber quiénes somos y, por tanto, lo que queremos, sin conformarnos con sucedáneos aparentes. Si sabemos cuáles son nuestras virtudes, sabremos elegir quiénes deben disfrutarlas, y de qué modo, o a qué tiempo. Eso no tiene nada que ver con el egoísmo, pues, como seres humanos, estamos casi obligados a dar lo mejor sin importar a quién. Significa que, al valorarnos, sabemos reconocer la belleza, la complicidad o la pureza de los sentimientos de los demás, y actuar en consecuencia, eliminando de nuestras vidas los poros por los cuales podemos perder nuestro centro, nuestra esencia particular, persiguiendo imposibles o conformándonos con aquello que nos hace sufrir. Implica renunciar a la injusticia y no consentirla. Implica no aceptar aquello que nos daña. Implica sentir de forma sincera y a cada momento.

Y no conocerse…

No conocerse lleva a la equivocación y al miedo. Y cuando esos dos elementos están presentes en nuestras vidas lo estarán en forma de sufrimiento en las de la gente que nos rodee. Vivimos conectados por hilos sutiles, casi invisibles pero tan reales como la mano que en este momento golpea las teclas de un ordenador, plenamente consciente de lo que hace, y de que lo que hace no sólo se queda en su esfera, sino que influye en la de los demás. Si pienso una cosa y luego hago otra, o no reflexiono lo que hago, dañaré a la persona que quiero. Si lo hago por sentimiento de carencia, por miedo a la soledad o por egoísmo inconsciente, lo haré más aún. Y si ya lo hago sin saber que lo hago, seré un completo necio.

Ahí todos tenemos experiencia. Casi todos nos hemos embarcado en relaciones (de pareja, de amistad) que no conducían a ninguna parte. Casi todos lo hemos hecho pensando que estábamos en un acierto, para luego descubrir que no era así. Hemos sufrido y también hemos hecho sufrir, dañando los sentimientos de los demás al comportarnos de manera errática.

En el mundo de las relaciones de pareja se comprueba la verdadera dimensión de esta ignorancia. Mucha gente cree saber lo que siente, pero no es así. Es una ficción que se basa en lo momentáneo o en la impresión de los sentidos, porque antes no se hizo la pregunta de qué es lo que salió a buscar. Y seguramente no era una caña agitada por el viento, sino la plasmación externa de lo que por dentro no se era capaz de encontrar. En los peores casos, la satisfacción de un apetito que cuando se sacia deja el estómago lleno e incapaz de ingerir cualquier alimento, disfrutar su sabor y asimilar sus nutrientes.

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