El Amor, desde mi ventana (V): Aceptar al otro


Ya no queda sol, y todo es noche. La muerte del día, o visto en positivo, la extinción de lo viejo para que lo nuevo pueda surgir.

And so it was that later, as the miller told his tale,

that her face, at first just ghostly, turned a whiter shade of pale,…

Se vuelven palidez la jornada completa y fantasmales los rostros queridos. Seguramente también los ajenos. Es la hora de las confidencias compartidas, con un ordenador, con un vaso de ginebra (con cuatro hielos, por favor…) o de lo que buenamente hubiere lugar. O con la misma reflexión que llevamos días intentando volcar a palabras, sin necesidad —o quizá sí— de diccionario afectivo o cartilla en la que cursar las primeras letras.

Da un poco igual.

En el momento en el que me acepto a mí mismo como sujeto paciente y a la vez activo de mi propia vida, llega el turno a la contrapartida: saber aceptar al otro, a la otra persona que quiero tener dentro de ella, o que quizá saqué de ella, convencido o no de hacerlo.

¿Cómo aceptar la individualidad del par?

He desatado ya las sandalias del camino recorrido, y me he sacudido la arena que se queda, caprichosa, entre los intersticios. Tengo los pies hinchados, con esa extraña sensación entre tumefacta y dolorida (de una clase de dolor que a veces produce placer) que dejan los grandes paseos en los que se piensa mucho y el destino pasa, fugazmente, como por la ventanilla de un vehículo en marcha. Me he conocido, me he aceptado individual. He aplicado alcohol a la herida y ha quedado poca costra, o al menos visible. ¿No tendría que aceptar lo mismo de ti?

Para llegar a ese Cinco tan mágico y misterioso que comentábamos el otro día (y que por cierto es mi número natal, aunque eso da para mucho más de lo que hablamos en este momento), tengo que aceptarte tal y como eres. Aceptar tus miedos, tus pequeños errores y tus miserias. Pero lo tengo que hacer porque reconozco que, mientras que mi tren se ha parado en una estación después de un largo viaje, el tuyo habrá recorrido otro muy distinto, largo también, en el que las experiencias se habrán ido acumulando.

Si pretendo llegar a conocerte algún día tengo que conocer también de esos caminos.

Muchas relaciones fracasan por no saber escuchar, o comprender. Por encastillarnos en nuestra propia visión y no aceptar que el otro es distinto y puede pensar, o sentir, de forma diferente, sin que ello signifique que la esencia de sus sentimientos hacia nosotros varíe. Incluso se dejan arruinar por no saber perdonar las faltas o comprender los procesos, no cambiantes (esto me lo dijo una mujer hace muchos años, y algún día me gustaría preguntarle si su vida ha variado tanto como para seguir manteniendo la vigencia de la frase), sino evolutivos, que experimentamos en esta incierta vida que llamamos normal.

Conocer al otro es una tarea que debe ser consciente. Activa. Integradora. Saber cuáles son sus anhelos, dónde podemos ayudarle a crecer, o incluso dónde debemos guardar silencio y dejar paso a la propia reflexión o conservar el espacio necesario para que sea ella/él misma/o quien adopte las decisiones que considere procedentes. Conocer implica respetar. Apreciar al otro por su propia dimensión, y tener presente en todo momento que la Unión no es disolución completa en un ente indiferenciado, sino una suma de complementos, de partes positivas, y también negativas. Porque lo positivo y lo negativo son esa persona que ves en el espejo, y a la que yo tengo que abrazar por la espalda, como un todo, sin que pueda dividirte en las fracciones que más me gusten o satisfagan.

Llámese como se quiera. Tal vez tengas tus momentos de egoísmo. Me confieso culpable de la misma falta. Tal vez ronques en ocasiones. Tal vez no respondas como a mí me gustaría, aunque no quiera pedírtelo. O puede ser que me gustaría que recordases mi cumpleaños o me sorprendieses con una llamada o con un abrazo, o me cuides cuando me siento enfermo (ya ves, todos tenemos esas fases). Pero en contrapartida puede que a mí me suden las manos, que resulte blando a veces o que me gustaría medir diez centímetros más. Todos tenemos lo nuestro. Acepto mis limitaciones. Entiendo las tuyas, y trato de quererte a pesar de todo.

¿Se puede dividir un abrazo, o una relación física?

Creo que no.

De la aceptación nace un hermano natural, llamado perdón. Al tratar de entenderte acepto que alguna vez te puedas equivocar, y estoy seguro de que también lo harás cuando yo lo haga. Y me lo dirás, para que pueda saberlo, igual que te lo diré a ti para que juntos podamos regar ese esqueje que hemos plantado. Con el tiempo, quizá se convierta en una flor grande y hermosa. Lennon dixit, many years from now.

Las palabras se me vuelven líquidas y en estos momentos ya no hay engaño, ni tamiz con el que dejar que la razón actúe. De todas las entradas de esta larga serie, ésta es la menos sometida al filtro del sentido común. Bien está así, que no todo tiene que ser retórica. También tiene que haber lugar para la poesía y el desahogo.

Hablar y actuar. Hablar para conocer, para resolver, para eliminar nuestras distancias. Y actuar para obrar en consecuencia, para no dejar en pura retórica lo que no conoce de opinión, sino de acción. Querer no es una teoría, sino una praxis que se practica cada día, aceptándote por lo que eres, en tu integridad, igual que antes me he tenido que aceptar yo para saber cómo hacerlo contigo. Desde el amor hasta la vida.

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