El Amor, desde mi ventana (VI): El destino compartido


Cuando ya hemos recorrido todas las estaciones de ese inmenso tren que es saber vivir solo, conocerse hasta en los últimos detalles y entender la humanidad de nuestro opuesto, queda aún la parte más difícil: saber vivir juntos. Pasar del tres al cuatro, con intención de llegar algún día hasta el Cinco. Aunque muy pocas personas lo consiguen.

Muchos piensan que todo ha sucedido cuando empieza una relación personal. Y para nada. Es en ese momento cuando tiene que empezar la construcción del edificio común, ladrillo a ladrillo, teja a teja. Pasar de la fase del enamoramiento, o de la exaltación de la amistad, a la del amor genuino.

Término engañoso para eso la pasión. Las “mariposas en el estómago”, las florecillas y demás historias. En muchos casos nos llevan, si no hemos adquirido antes la suficiente madurez personal y sentimental, al fracaso de la relación en cuanto esas sensaciones desaparecen. Y eso no significa que no deban existir momentos en los que nuestro raciocinio se aletargue y nos dejemos llevar por instintos más o menos primarios (no sólo sexuales), sino que dejar que ese estado permanente sea el que guíe nuestro andar común es más propio de los primeros estadios de la vida. Y no es duradero, y sí francamente dañino tanto para la propia relación como para las personas implicadas en ella.

El destino compartido no funciona como un ecosistema. Aquí los términos de simbiosis y relación parasitaria no funcionan (o no deberían funcionar). La pareja es un proyecto común que se cimenta en dos personas distintas que por amor deciden compartir. Pero compartir no es fusionarse, no es pensar como uno, ni siquiera mantener los mismos puntos de vista o aficiones. Es complementar al otro. Conocer cuáles son sus virtudes y defectos, y ofrecer los propios. Y sobre todo, elegir lo mejor para esa persona.

Elegir lo mejor no es elegir u obligar a que esa persona renuncie al resto de su vida. Sólo quien ve las relaciones de un modo egoísta, o quien tenga la autoestima y la seguridad por los suelos, querrá que su pareja carezca de un círculo exterior a la relación con el que poder compartir aquellas cosas que estime convenientes, o crea necesario hacer. Muchas personas piensan que con ello quieren más, y no es así, al menos en mi humilde opinión. Creo que hay un fuerte componente de miedo en todo eso, y de esa clase de miedo que daña al otro, que es el peor.

Quien verdaderamente te quiera no querrá que pierdas tu centro para dedicarte a él/ella en exclusiva. Será poseer, parasitar o incluso maltratar (aunque sea de un modo sutil), pero no será nunca amor.

Aunque se disfrace y venga empaquetado como eso. En términos jurídicos, existe un aforismo que es muy revelador de esta clase de situaciones:

Cui prodest? ¿A quién beneficia?

¿A ti? ¿A aquello o a aquellos que dejas atrás, o sólo al que recoge los frutos de la siembra de esas malezas?

Hace un tiempo, no diré cuánto, le dije a una persona que a las relaciones, del tipo que sean, hay que venir a sumar, y no a restar. Hoy, después de las tiritas y el alcohol, no sólo mantengo esa opinión sino que me reafirmo en ella. Aportar a la persona que quieres no se hace a través de dar siempre la razón, o quererla sólo para mí, o tener miedo al ajeno. Se hace escuchando, observando y comprendiendo. Las sumas, si hay amor por las dos partes, llegarán solas. Si no lo hay, llegarán las restas, al principio imperceptibles para quien está dentro, pero que siempre son más evidentes para el espectador. Y vienen siempre con un denominador común: la pérdida de elementos valiosos para nuestras vidas. La pérdida de amigos, relaciones descuidadas que causan dolor al que antes te quería, y sobre todo, y nuevamente, la soledad. Pero una soledad retroalimentada dentro de una relación aparentemente bella, y que en realidad ha actuado de manera desviada para provocar una nueva dependencia, en singular, con la que domeñar a la persona que —se dice— querer.

Nuevamente declaro, porque lo pienso y siento, que eso no es amor. Es una farsa.

Capítulo resolver los problemas del otro.

Somos seres mortales, y por tanto estamos sometidos al error. Aceptamos al otro, y lo queremos. Sabemos que también nos equivocamos, así que no podría ser de otro modo. Pero ¿qué pasa cuando vemos que el otro sufre? ¿Cómo tenemos que actuar?

En las relaciones verdaderamente adultas ese cuidado es mutuo y a la vez no es ni castrador ni sobreprotector. Si te veo sufrir, sufro contigo. Si puedo hacer algo, trato de hacerlo (si me dejas). Exactamente igual que lo espero de ti.

¿Y cómo?

Estando contigo. Ayudándote a ver de forma desapasionada. Evitando el egoísmo de situaciones que podrían beneficiarme a mí y no a ti. Y a veces callando para que tú puedas encontrar tus propias respuestas.

Si se quiere lo mejor para una pareja no valen las frases grandilocuentes o efectistas, aquellas que quedan tan bien en comedias de Meg Ryan y postres similares. Lo que vale, como en todo, son los hechos. De nada sirve que yo te diga amén a todo y que eso provoque que después tú sufras. Si quiero que estés bien quiero que resuelvas los problemas. Tanto los que tengamos entre nosotros como los que tengas fuera y contribuyan a no mejorar tu vida. Te quiero para que estemos juntos, pero no para que lo abandones absolutamente todo por mí. Quiero que tengas amistades, que hagas esas actividades que te gustan y que crezcas como persona. No quiero que te quedes en casa todo el día y no tengas más vida fuera. Te quiero. Lo digo con hechos, invitándote a ser libre para que en esa libertad puedas elegir estar conmigo, igual que yo elijo, cada día, estar contigo.

Close your eyes and think of me, and soon I will be there,…

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