El Amor, desde mi ventana (VIII): Las enfermedades de la confianza


“Despertar de alegres sentimientos al llegar al campo”.

Desde pequeño, de la época de aquel tocadiscos inmenso en esa casa de Madrid a la que tardaré mucho en volver (si es que lo hago algún día) me encantó la Sinfonía Pastoral de Beethoven. Me transmite la imagen del verde y de la neblina de un bosque a últimas horas de la tarde, y sus sonidos. He pensado en ella al ver posarse un pájaro en el alféizar de mi terraza, desde ésta en la que escribo, deseando ser igual de libre que él y poder volar cuando lo desease. Sin huir, porque huir es escapar a los sentimientos y a la responsabilidad, y lo que pretendo a medida que mi vida avanza es hacer precisamente lo contrario. Pero volar.

Quién fuera pájaro y pudiera trasladarse allá donde su vista le sugiere, sin más meta que vivir cada día,… De momento cierro los ojos y dejo que la música me transporte. Donde quiera.

Antes hablé de la confianza, a capas, como suelo hacerlo siempre, y asumiendo el clavo de hacerlo, pero este diálogo conmigo mismo (que es lo que es este blog, al fin y al cabo) no estaría completo si no hablase de lo que siento acerca de la infección a lo genuino que suponen lo que llamo las enfermedades de la confianza, y contra las que no tenemos, ni tendremos nunca, los linfocitos suficientes como para pretender entablar un combate en igualdad de condiciones.

El primero de ellos es la falsedad, y digo falsedad y no mentira porque la segunda implica una intención consciente de engaño, siendo que las más de las veces quien o quienes viven esa irrealidad no son conscientes de estar planteándola.

En la sociedad de las estadísticas una más no importa. Aunque sea realidad. La mayor parte de la gente que se embarca en una relación (del tipo que sea) no lo hace al 100%. Luego nos quejamos de que todo es cada vez más superficial, de que fulano o mengana no nos quieren como nos merecemos, de que “la belleza está en el interior”, y demás. Pero…

¿Es afirmación positiva o estética?

¿Qué esconden nuestras conductas? ¿Amor? ¿Solidaridad? ¿Amistad?

Nadie debería embarcarse en una relación si no siente verdaderamente lo que está haciendo. No porque sea engañar al otro, que también, sino porque las más de las veces ni siquiera se siente que se esté engañando a alguien. En realidad, el proceso viene viciado de antes. Como no se sabe estar solo/a o no se ha sabido permanecer en tal estado, no se conoce uno/a a sí mismo/a, y tampoco hay mucho ánimo de aceptar al otro como es la franca realidad es que lo que sucede es que uno se autoengaña. Se convence de que lo que hace está bien. De que esa persona va a cambiar. De que no se está por miedo a la soledad. De que se querrá para siempre.

Y no. Con esos cimientos de arena, en cuanto la vecina del quinto o el amiguete con coche aparece en escena, vienen las dudas. Pero vienen porque no se quiso en verdad, sino ficticiamente. Se quiso un gesto, un momento, una situación, pero no a la persona en su más pura integridad. O se quiso por lo que esa persona no poseía pero se aspiraba a modificar, a convertir.

Cuando ya no existe amor, o amistad, todo deviene en una pura quimera, en la que se aparenta, en la que se busca desesperadamente nadar y guardar la ropa. O al contrario, cuando se siente marcharse el amor del otro, se recurre al disfraz, al subterfugio, a la pena o a las técnicas de combate. Y no somos Sun- Tzu ni esto es El Arte de la Guerra. Esto es un juego en el cual siempre hay un segundo implicado. Que puede llorar. Sufrir. Que por mi acción o por tu acción puede ver empeorada su vida. Incluso para siempre.

La falsedad empieza por uno mismo, pero siempre termina impregnando a los demás. Y de la falsedad muchas veces nace la mentira, que sí es una acción profundamente reprobable, y que se adopta cuando ya la ficción ha superado a la realidad, y no sabe uno cómo salir del propio agujero que creó, Dios sabe para esconderse de qué.

Los celos son otra historia. Detrás de ellos siempre hay un denominador común: la falta de autoestima. Si yo no me quiero, o me siento inseguro de tu amor o de tu amistad, siempre pensaré que mis sentimientos y los tuyos están en peligro, sometidos a la intemperie. Si no me creo valioso, me siento feo/a o pienso que otro tiene más de lo que tengo surge el miedo. El miedo a perder lo que uno quiere.

Si fuésemos capaces de pensar en frío esta nuestra reacción (tan común) nos daríamos cuenta de que el amor, o la amistad, son actos voluntarios. Actos en los cuales si algo externo afecta a esa unión es porque dentro ya existen gusanos, o directamente un cadáver sometido a una santería de revivificación que lo hace andar, caminar, o incluso mantiene apariencia de lozanía y belleza, pero que por dentro está invadido por lo menos por dos escuadras de la muerte. Nadie que te quiere te deja marchar. Nadie que te ama deja que sufras por su ausencia o el riesgo de que suceda. Quien de verdad te aprecia no querrá que tu corazón se rompa leyendo o sabiendo lo que a ti no está destinado.

Quien de verdad te quiere te quiere. Y no lo demuestra con palabras, sino con hechos.

Sin embargo, creo que muchas veces nos confundimos a la hora de denominar celos a otros sentimientos que nada tienen que ver con ellos. Por tal pueden pasar el sentimiento de abandono, la tristeza o la sensación de que se está siendo engañado. Si lo dejo todo por centrarme sólo en una persona, el resto de las personas que me quieren (que ya me lo demostraron con esos hechos de los que siempre hablamos) sentirán dentro de su corazón mi partida. Podrán sentirse usados, utilizados o incluso apartados y ninguneados. Aquí no existen celos, porque existe una causa real: mi actitud, o tu actitud, de renuncia consciente. Si me embarco en una relación y no cuido a esa persona que tanto afirmo querer, y le doy muestras constantes de indolencia, lejanía o frialdad, inevitablemente esa persona sufrirá. Llorará con mi proceder. Probablemente acabe abandonándome. Que lo haga silenciosa o sonoramente dependerá de su propio temperamento, aunque siempre, si te quiso, te dará una nueva oportunidad.

En nuestras manos debería estar aceptar o rechazar esas oportunidades. Si no lo hacemos, el lamento posterior sólo lo escuchará el silencio.

La última de las enfermedades de la confianza es la infidelidad. Infidelidad que es el mayor pecado mortal que se puede cometer contra una relación, y que generalmente conduce al destrozo del vínculo, sin posibilidad posterior de reparación.

Cuando se es infiel ya no cabe la duda, ni la confusión. Es un acto voluntario, plenamente decidido y de consecuencias irreversibles. Y es la etapa final de un camino sembrado de espinas en el cual no se quiso verdaderamente a la persona que abandonamos, y que probablemente luzca una nueva cicatriz a causa de nuestra acción. Cicatriz que puede portar toda la vida, incluso.

No me voy a extender mucho más en esta cuestión, porque creo que por sí sola merece una entrada aparte. Pero esa entrada la escribiré más adelante, porque siento que las fuerzas para hablar de este tema me están poco a poco abandonando.

Y porque, realmente, el vaso cada vez está más vacío.

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