La Roca, la Arena y el Viento (I)


Tres facultades hay en el hombre: la razón que esclarece y domina,
El coraje y el ánimo que actúa, y los sentidos que obedecen.
Platón

A veces no es suficiente tener sólo esperanza.

Esta mesa desde la que escribo, sobre la que está puesto este ordenador que es el canalizador mudo entre mis pensamientos y lo que buenamente se reflejan de ellos en éste y otros escritos —además de otros objetos dispares entre sí, desde un libro de contabilidad y el cuaderno en el que trato de perfeccionar ese conocimiento a tres ovillos de lana, pasando por dos ceniceros (ay, el tabaco…) o mis armónicas— ha sido testigo callado y silencioso de casi cuatro años de mi existencia. Casi nos entendemos, y en base a esa confianza me permite que muchas veces mis pies estén posados sobre su superficie marrón wengué. No es una falta de respeto, sino una muestra de complicidad. Uno al final llega a hermanarse con el entorno que comparte, y las horas que esta mesa y yo hemos pasado sin una palabra nos han unido, de alguna forma.

Demasiadas horas en silencio, tal vez muchas, escribiendo. En algunas ocasiones, con verdadero placer, no sólo letras como ésta, sino confidencias con personas queridas. En otras, polémicas y debates la mayor parte de los cuales francamente estériles, y anónimos. En unas terceras, al fin, con otros sentimientos, como la tristeza, la preocupación, la angustia o la desidia. La vida, en definitiva.

En tardes como ésta, y aprovechando la excusa, me viene en pensamiento de cómo un hombre (o una mujer) puede afrontar en un mundo como éste la adversidad. Lo material no nos llena, aunque reconozco que nuestra postura es fácil: más compleja es la de aquellos que no tienen qué llevarse a la boca y andan más preocupados por sobrevivir o por tener dónde dormir la próxima noche. Pero como no sólo de pan vive el hombre, una vez que el estómago está lleno y el calor o el frío no nos cuartean, surgen de inmediato las cuestiones básicas vitales, entre las cuales está en uno de los primeros lugares el dolor, aquél que proviene del cuerpo o del alma, que muchas veces es más difícil de detectar y de curar.

Quien siente ese dolor trata siempre de buscar un antídoto para conjurarlo.

No nos acostumbran los muelles de la sociedad de consumo a ser sufridos y a practicar la abnegación y la comprensión de nuestros propios problemas. Ni a buscarles la solución idónea. Siempre está la tentación de alienarse acechando, como una sombra, entre los papeles y las vueltas. Tampoco nos lo facilita el cambio, la caprichosa secuencia de hechos en los cuales un día crees tener todo lo que necesitas para ser feliz y dos días después te encuentras con que no tienes absolutamente nada, y aquello de lo que disfrutaste ya no es más que un recuerdo que con el tiempo amarillea y se pierde en las profundidades del olvido. O no.

La roca, la arena y el viento.

La roca es nuestra propia esencia, o la aspiración que de ella podríamos tener, educando nuestra voluntad y siendo capaces de aguantar tormentas, pedrisco, días de sol, lluvia de otoño o noches estrelladas y luminosas.

Una roca no se altera en una estación. Todo lo más, se degrada, se convierte en polvo a través de las eras, y de ese polvo transportado nace, mucho después, una nueva roca. Puede que igual, puede que distinta, a la original, pero también con vocación de permanencia e integridad.

A la roca la cuartea el hielo. La lima el vendaval, la escarba el liquen, la horada la lluvia, la lleva el aire y la sepultan el mar o el resto de la tierra, pero mantienen hasta su renovación sus notas básicas, aquello que un día le llevó a ser calcita o basalto. A nuestros ojos, acostumbrados a la brevedad, nada parece cambiar en ellas, aunque lo haga, imperceptiblemente.

Igual nos gustaría ser a nosotros. Que nada del exterior nos afectase, que fuésemos capaces de mantener aquello que nos hace ser lo que somos a pesar del desempleo, del desamor, de la soledad o de la vejez o la muerte. Mantener esa disposición de ánimo en la cual pudiésemos afrontar cada nuevo día como un reto del que nos supiésemos vencedores sin ninguna sombra de duda. Avanzar en aquello en lo que nos sintiésemos más débiles y reforzar aquello en lo que somos buenos, o fuertes.

Pero somos humanos, y como tales, hijos de la duda y de la carencia. Y la mayor parte de las veces lo que nos falta es esperanza, el ánimo de que nada en el exterior será capaz de perturbarme, ni de hacerme sentir miedo, ni de provocar el bombeo de mi corazón.

Nos falta mucha esperanza, y mucho entrenamiento de la voluntad para ser aquello que queremos ser.

Dudar es de sabios, dicen. Cuando era un bebé no sabía caminar. Cuando era un niño de pecho no sabía hablar. Cuando era un adolescente todo era precipicio y cambio. Y cuando fui joven pensé, como todos en algún momento de la vida, que ya lo sabía todo de ella y que podía prescindir de lo exterior a mí mismo. Vanidad de la que un buen día te despiertas, para darte cuenta que sólo en la duda se puede fortalecer el ánimo. Que sólo quien se cuestiona evoluciona a algo mejor. Que sólo quien experimenta el examen puede aprobarlo.

La carencia es algo muy distinto. Es la sensación de no estar completo, de falta de elementos que añadirían complejidad a nuestro ser. Y desde ese punto de vista, tampoco puede ser algo indeseable. El sentimiento de plenitud no realizada nos lleva a buscar las piezas del puzzle que faltan, y a añadir experiencias, visiones y conocimientos a nuestra existencia. Es el proceso que hace que nuestra roca se convierta en arena para tener más libertad de movimiento.

Por eso quiero creer que en las tribulaciones en las que inevitablemente nos vemos inmersos siempre hay una enseñanza, un algo positivo y desconocido que hace que éste que escribe, aun reconociendo su miedo y su dolor ocasional, va a llegar a otro peldaño de esta escalera desconocida y de longitud incierta que se llama Vida. Lo comparto con mi mesa, en estas tardes de calor o en las de frío glacial de este último piso, y recuerdo que cuando terminé de montarla la sensación era parecida a la de ahora. Y pasó. Que luego vino la enfermedad, la mía y la de mis seres queridos, y pasó también. Y que ya no fui el mismo, pero vino después la alegría. Inmensa. Expresada en satisfacción por el trabajo bien hecho, por los nuevos conocimientos. Por el azul.

Hoy el azul se ha ido y flotan, esquivos, los ocres y las sombras en el aire.

¿Hasta cuándo?

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