Volver a casa


Al principio de todas estas líneas dije que sólo escribiría en este blog cuando mi corazón me lo pidiese. Por eso he estado casi un mes y medio ausente de Salitre y Tormenta. A principios de agosto me marché de vacaciones, porque el cuerpo y el alma necesitaban descansar del trajín de una vida que a veces me doy cuenta de que enfoco bastante mal. Y vaya si lo necesitaba.

Han sido tres semanas de reencuentro con mi pasado más querido, aquellos veranos de niño en los cuales todo estaba por hacer y ninguna nube ocultaba el horizonte. Veranos de subir el cabo, de montar en bicicleta con los amigos que aún, gracias a Dios, sigo conservando después de más de veinte años. Veranos de granizado de limón en la heladería a pie de mar (aunque ahora lo hayamos sustituido por una cervecilla de vez en cuando y una silla de playa), o de cenas en La Cola o en Cabo Cope. Veranos de descubrir que uno se va haciendo hombre, que le sale algún pelillo en la cara o que las chicas dejan de ser alguien con quien no puedes jugar para redescubrirlas en su verdadera dimensión de sexo opuesto…

Vaya, es casi como el oxígeno que uno necesita para vivir los tiempos actuales. Sin caer en la tentación de volver como antídoto a actualidades más complejas y menos felices. Porque de todo tiene que haber, y quiero mantener la capacidad de resistencia intacta para todo lo que venga por delante.

Si bello y revivificador fue vivir el verano con aquellos años, la novedad de la vuelta también tenía su punto. Siempre era algo nuevo: un nuevo curso, nuevos libros, nuevos conocimientos, y la incertidumbre alegre de saber que personas que iban a formar parte de la vida de uno aún eran desconocidas y estaban esperando en cualquier lugar del instituto, la universidad o el resto de las cosas que este escribano se enorgullece de haber hecho a lo largo de su vida. Y han sido muchas.

También ahora sigo manteniendo esa misma ilusión de mis diez o quince años. Saber que este nuevo curso también me traerá encuentros con personas que voy a valorar muchísimo, estoy seguro. O afianzamiento en mi relación con otras que también son importantes para mí y que han ido llegando en estas últimas fechas, cuando más lo necesitaba, después de que mi corazón se partiese por la mitad de la forma en que lo hizo. Sé que no me he equivocado al elegirlas, porque llegaron en el tiempo del dolor. Cuánto más en la futura alegría van a permanecer conmigo.

Aunque nadie se va nunca de mí mientras yo mantenga vivo su recuerdo. A todas las personas que he amado o apreciado las llevaré en mi corazón siempre. De una u otra forma.

El nuevo curso también es momento propicio para los propósitos. Comencé este año pasado de kilos y de emociones. Hoy, después de reencontrarme con el ejercicio físico habitual, me encuentro recuperado de mis achaques y rejuvenecido, sin el casi. Es como si hubiera girado las manecillas del reloj hacia atrás, cambiando un cuerpo gastado por otro más vigoroso y en potencia mejor cada día, para poder responder mejor a las exigencias de mi vida, y voy a perseverar en ese hábito. He tratado de curar también algunos otros dolores, que con el tiempo se van atenuando, aunque ése es un proceso más largo, y he tomado dos decisiones fundamentales.

La primera, que de nada sirve en esta vida optar por los oscuros y los grises. Que incluso en las peores circunstancias hay que ofrecer siempre la mejor cara, y que hablar a micrófono abierto de los propios dolores de uno no es siempre sinónimo de autenticidad, sino una carga que debe soportar el otro que no siempre es conveniente ni necesaria para él. Esta tendencia la tenemos todos alguna vez a lo largo de nuestra vida, pero en mí se había amplificado en los últimos tiempos. He tenido tentación de sentirme víctima de las circunstancias (y puede que en algún momento así me haya expresado incluso) y eso me disgusta. No refleja mi verdadero ser y además supone una carga adicional para otros. Pretendo ser entonces más estoico y menos blando para según qué cosas.

La segunda es consecuencia de la primera. He tomado la resolución de tratar de conseguir que nadie, en esta vida, vuelva a hacerme llorar. Bien por ser más exigente en cuanto al respeto que a mi persona y sentimientos le debe cualquiera que quiera tener un hueco en mi corazón. Bien por aprender a aceptar y relativizar los propios problemas, o las visiones o comportamientos de otros hacia mí sin que eso me afecte internamente. Quien te quiere, de verdad, no te hace llorar nunca, tal y como lo creo.

El resto va a continuar igual, porque no siempre el cambio es positivo. Voy a tratar de seguir siendo como soy en cada momento, y de hacer las cosas que hago, o decir lo que pienso, sin temor a nada ni a nadie. Voy a tratar de seguir evolucionando, mejorando y haciéndome más hombre sobre las losas del camino. A Roma se llega andando, y queda mucho aún para eso.

Sigo siendo capaz de perdonar. Sigo siendo a veces  iluso y soñador. Sigo tratando de salir del cascarón y la armadura y que mis acciones beneficien a otros, además de mí. Y creo que está bien.

He vuelto a casa, aunque mi casa es cualquier sitio en donde encuentre un lugar donde dormir, un espacio para imaginar, o un ser querido para compartirlo.

Porque donde unas cuencas vacías amanezcan
ella pondrá dos piedras de futura mirada
Y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan
en la carne talada.
Retoñarán aladas de savia sin otoño
reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida.
Porque soy como el árbol talado que retoño,
aún tengo la vida.

Miguel Hernández, El herido.

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