La Roca, la Arena y el Viento (y II)


La arena es un ente caprichoso. A mí me gusta verla como un estadio intermedio, como un quiero ser y ya veré en dónde lo hago. Es mi, nuestro Yo plástico, moldeable. Volátil.

Para convertirse en arena antes hay que haber sido roca, y haberse expuesto a la intemperie. Desde un sillón, o desde la cárcel voluntaria de los sentidos, los sentimientos y la mente inane jamás se puede ver un cambio. Te tiene que sofocar el humo. Abrasar el sol, e incluso te tienen que tocar el corazón, o rompértelo en diez pedazos. De alguna manera, hasta nos viene bien, cuando seguimos anclados en los viejos presupuestos y parece que nada ni nadie nos va a hacer cambiar y abandonarlos, por mucho bien que eso nos traiga. Y lo podemos hacer en mucho tiempo, viendo pasar los días, los meses o los años como en una procesión de imágenes amarillas de tanto uso, o por medio de un agente externo que violentamente rompa lo que antes parecía fuerte.

El segundo medio es más contundente y eficaz, pero también más traumático, porque apenas te deja tiempo para colocarte en posición de defensa y te golpea de repente, de improviso, como un gancho de izquierda que te viene de un rival mientras tienes los ojos vendados. Generalmente los cambios vienen siempre así.

Una carta de despido emitida al calor de cualquier consejo de administración de alguien que no te conoce y al que le importas francamente poco (cosas de este mundo tan evolucionado en el que vivimos). Coge tus cosas y a la calle. Sin tiempo a despedirte de tus compañeros. Como un apestado o un número que engrosar malditas sean las listas de vete tú a saber qué político inútil o cuál empresario corrupto.

Una ruptura sentimental o matrimonial. Vives en una nube y de repente algo (más frecuentemente alguien) se encarga de que descargue en descampado, para recordarte que no siempre lo más importante es lo que eres, sino lo que aparentas ser.

Un malentendido, una calumnia o una acusación falsa. Vuela como saeta y se te clava como un dardo. Tengas responsabilidad o no, porque el que acusa, parece que siempre queda indemne (en realidad no), y revierte en ti, como en la prueba diabólica inquisitorial, la responsabilidad de lavar una imagen que puede estar más limpia que los chorros del oro, o cubierta de mugre la de quien te señala con el dedo, avisando silencio o amenazando miedo, como diría Quevedo hace más de cuatro siglos, y a ver quién es el paisano que le quita la razón incluso hoy. Y la sangre suele chorrear unos cuantos pasos.

Una deshumanización basada en balances macroeconómicos, primas de riesgo, mercados de derivados, liberalización de sectores y otras perlas que nos quieren vender como mundo moderno. Emigración. Desahucio. Pobreza. El hermano que trincan en Avenida de América por no llevar papeles mientras un tipo con 3.600 millones de pesetas robados y no devueltos hace sus bolos por diversos medios, a lo gran señor.

Y la roca se convierte en arena, y deja que sean otros factores las que la lleven lejos de donde inició su camino.

Aquí es donde entra en juego el Viento.

Yo lo llamo Causalidad, o Padre (nada que ver con el significado que la acepción pueda tener para Rouco Varela…) Tú puedes llamarlo como mejor estimes: Dios, suerte, desgracia, Destino o nada a un tiempo y todo a la vez. Pocas cosas seguras tengo en la vida, pero entre ellas está la de intuir, más con el corazón que con la cabeza, que algo, o Alguien, determina parte de nuestros pasos y nos fuerza a estos cambios. Para mejorar o para aprender. No siempre como queremos, de igual modo que mi padre y mi madre me acostumbraron a mí desde bien pequeñito a que las cosas no se obtienen con pataleta, berrinche, chantaje o daño al prójimo, sino con esfuerzo y mérito, y en el tiempo en el que tocan. No me imagino a mi madre dejándome leer Las Edades de Lulú con ocho años, o dejándome beber ginebra con once. De igual modo, lo que a veces nos parece una auténtica puñeta resulta, con el tiempo, redundar en nuestro beneficio emocional, personal y espiritual. A pesar de nuestros lloros de niño grande.

El Viento se disfraza de azar y caprichosamente deja que creas que nada tiene ningún sentido. Pero siempre lo tiene. Es el truco que utiliza para cogerte desprevenido. Detrás del despido viene un trabajo, si no mejor, sí distinto, que te permitirá encontrar tu verdadera vocación o explorar nuevas posibilidades y nuevas personas. Después de la ruptura sentimental viene la madurez afectiva y la posibilidad de encontrar a alguien que pueda hacerte creer de nuevo en el amor. O no. Después del estoque de la injuria siempre viene, en algún otro lugar, el agradecimiento de quien ni siquiera imaginabas. Después de ver el dolor del hermano algo se despierta en ti y empiezas a querer cambiar tu mundo y su mundo.

Nada sucede porque sí. En los peores momentos siempre alguien está velando por ti, para cuidarte o para quitarte las lágrimas de los ojos, o darte un empujón cariñoso para que no seas como la mujer de Lot y mires hacia atrás, como no sea para recordar con una sonrisa los buenos momentos o perseverar para mejor meditando los malos, y corras el riesgo de que te petrifique la sal. Nada que ya haya sucedido vuelve a suceder, aunque los sujetos sean los mismos. Será algo distinto, seguramente mejor, más evolucionado y sincero. Siempre que seas sabio para escuchar esa voz en el silencio.

Será. O es, porque en el momento en el que termino esta entrada el pasado ya ha muerto en tiempo y el futuro es algo por escribir.

Aunque seguramente pisaré de nuevo las antiguas sendas. Soy un ser humano y por lo tanto caótico y sujeto a la contradicción.

Como tú.

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