Sobre la ética en el mundo del trabajo, aproximadamente (I)


Obra de tal modo que trates a la humanidad,
tanto en tu persona como en la de cualquier otro,
siempre como un fin y nunca solamente como un medio
.

Enmanuel Kant, Fundamentación de la metafísica de las costumbres

Ésta no es una entrada sobre la rapacidad del empresariado o los mercados financieros. Aunque podría haberlo sido. En verdad hay motivo para estar profundamente asqueado del mundo en el que nos ha tocado vivir. Un mundo en el cual priman más los intereses abstractos, con brillo de níquel y olor a billete de los grandes, de los sujetos que verdaderamente nos gobiernan (y no son los Parlamentos o los círculos intelectuales, desengáñense) que los de las personas que aportan la plusvalía de su trabajo para ellos. Sobre eso hay ya mucho escrito, es demasiado abstracto y el debate nos llevaría siglos, y muy lejos de nuestros propósitos.

No, realmente quiero hablar de otra cosa. De nuestra propia ética personal, y de la ajena pero singular, en el mundo laboral.

Ay, la ética… Esa especie de código regulado de nuestra propia conciencia interna, aquella que nos dicta la bondad o la maldad de nuestros actos. Aquella por la que nos conducimos, nos reconocen y que aplicamos a nuestros semejantes, con mayor o menor éxito.

Maajeru es persona a la que no le gustan los disfraces. Debo guardar mal recuerdo de aquellas fiestas de fin de curso del colegio. En una tuve que disfrazarme de Pitufo (se repetiría años después, solo que las mallas ya me quedaban mucho más raras). En otra ocasión, de árbol, de decorado, vaya, por Premio Extraordinario de la Señorita María Jesús por ser ya una pieza del engranaje suelta con siete añitos, y ya me cansó el tema hasta hoy. Eso, como todo, tiene sus puntos buenos y malos cuando la tendencia se convierte en modo de vida a medida que te sale la barba. Lo positivo, que las personas que te rodean saben cómo eres. Si esas muestras son aceptables, te conviertes en alguien de fiar, alguien bueno para aconsejar, de quien se espera amistad desinteresada y que va a decirte la verdad cuando podría optar por la mentira.

El Reverso Tenebroso del asunto es que te das cuenta de que el Rey va desnudo, igual que el niño del cuento. Y eso te puede (te suele) acarrear muchos problemas en todos los aspectos de tu vida, desde ver el telediario a darte cuenta cuando tu oíslo te la está pegando. También cuando toca ganarse el pan y sumergirse en el inquietante y a veces absurdo mundo del trabajo. Por tanto, hablar de ética personal en el trabajo es algo importante para mí, y que quiero compartir con vosotros.

La ética propia: ser para ofrecer

Ser honrado a la hora de ganarse el pan empieza a ser tarea ardua hoy en día. Los mecanismos de la producción y la misma esencia del lucro y del beneficio hacen que abunden los trabajos en los cuales tienes que dejar tus principios, como un sombrero, en el perchero, y limpiar la mente para ser capaz de recobrar deudas a quien no puede pagarlas, vender a alguien algo que no necesita o convencer a aquél de que realmente su teléfono funciona bien y la culpa no es de la compañía. Eso a bajos niveles, porque en los altos hay que tratar de hacer reflexionar al cliente de que el divorcio va a ser mejor que la negociación (y más caro, por supuesto), que tal señor puede hacer tranquilamente una permuta de tierras con tu cliente sin que realmente se dé cuenta de que le están estafando o que tal impuesto es realmente progresivo, y no un modo de que algunos sigan pegándose la vidorra con el dinero de todos. Cosas así.

Realmente, ¿podemos elegir?

Hay crisis, dicen. Desgraciadamente no podemos elegir la naturaleza de nuestro trabajo (bastante haremos si tenemos uno), pero sí conducirnos en él como hombres y mujeres de bien. Siendo personas capaces de sacar adelante la verdad donde en otros puestos brilla la falsedad o la mentira.

Servidor ha sido trabajador público durante varios años. En ese tiempo, como podrán ustedes imaginar, he visto de todo. Desde gente que me ha querido dar cincuenta euros por hacerle bien la gestión hasta comisarios de policía que me intentaron intimidar con la placa para que hiciese la vista gorda a sus chanchullos, pasando por alguna señora que intentaba timar a la Administración con un divorcio falso y algún Legionario de Cristo (miedo, horror, pavor a esta gente) que ponía todo su continente (que no contenido) en tratar de sacarle hasta el último duro al común, a pesar de su oronda base imponible. Como representante de ese común uno tiene la obligación de ser imparcial, independiente y eficiente. Eso incluye, por supuesto, no aceptar regalos ni sobornos de nadie —ya te pagan un salario—, ni dejarte corromper por promesas, caras sonrientes o incluso algún ofrecimiento sexual (que también lo ha habido). Pero en ningún caso se dice que deba dejar de ser humano, ni de escuchar los problemas que te cuentan, o tratar de aplicar justicia al tratamiento de diversas realidades. Y por Justicia yo entiendo el arte de darle a cada uno lo que se merece, o lo que necesita.  A quien necesita cariño o que alguien lo escuche, atención o una mano para que llore si es que no tiene otra. Al prepotente, al manipulador o al colérico, una buena dosis de tranquilidad no exenta de sarcasmo. No hay nada que más descoloque a individuos así que alguien que no pierde la calma y no cede a sus exigencias, dejando de paso que ellos mismos se definan como lo que son y puedan asegurar frente a terceros que no son discípulos de Sócrates.

Se hace callo, no crean, con los años. Hasta el más tímido puede acabar teniendo don de gentes al tratar tan de continuo a sus semejantes. Se le caen las vergüenzas y las tartamudeces. Su vida se enriquece con tan diversas experiencias (algunas durísimas, de verdad). Y aprende sobre todo dos cosas: a leer en los ojos y a escuchar antes de contestar. Ya volveremos sobre eso más adelante, o quizá en otro post.

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