Sobre la ética en el mundo del trabajo, aproximadamente (III)


A menos que uno sea francotirador o abogado (y a veces no queda clara la distinción) nunca trabajamos solos. Siempre estamos rodeados de otras personas que comparten esfuerzos con nosotros. Y ahí el capítulo ética también se impone. Con mucha más razón que en otros lugares, porque si a los amigos los vemos para tomar una cerveza, o con los familiares cenamos y compartimos fines de semana, con los compañeros de trabajo pasamos la mayor parte de nuestra vida activa, ésa que no empleamos en dormir, en comer o en otras cuestiones.

He sido afortunado en la vida. En los sitios en los que he aporreado teclas he encontrado (casi) siempre gente maravillosa, algunos de los cuales siguen siendo amigos a pesar del tiempo y la distancia transcurridos. No es casualidad. Con ellos he compartido muchísimas confidencias, ambientes difíciles, cuestiones ajenas a lo laboral e incluso discusiones que han servido para enriquecernos a todos. Lógicamente, también he caído mal a muchas personas, o ellos a mí, pero el término de esas relaciones lo han marcado las cartas de despido o las bajas voluntarias, con lo cual el balance siempre será positivo: me he llevado conmigo a quienes deseaba conservar y, una vez dentro de mí, permanecerán siempre. Lo demás se queda por el camino o en el maletín de la experiencia, que también tiene su punto. Y no el menos importante.

Digo todo esto a cuento de la aparente dificultad en mantener relaciones de amistad (lo otro se sale un poco de la temática) sanas dentro de una oficina. Ahí la ética juega también un papel primordial. Difícilmente si uno no es sincero, no es honrado ni tiene capacidad de empatizar con las emociones de otro será jamás un buen compañero. Podrá tener buena relación interesada, pero enseguida, a la menor dificultad, saldrá a relucir aquello que somos y que tratamos (inútilmente) de encubrir con oropeles, falsas vanidades y máscaras. Operibus credit, en non verbis, como de costumbre. No es lo mismo sentarte al lado de alguien todos los días que llamarte compañero, dejando que la etimología cumpla su función. Tiene que haber un fin, o al menos una fortuna o adversidad compartida, y una relación activa.

Un antiguo proverbio griego decía que puedes abandonar tu casco, que sólo te protege a ti; pero jamás puedes abandonar tu escudo, que protege a tu compañero. Ahí creo que está la clave de todo: nuevamente, en la separación de la irrealidad absurda que supone pensar que todos no estamos en el mismo barco. En verdad, habrá muchos que así lo piensen (todos conocemos algún caso). Gente que vaya a lo suyo o directamente a pisarte el cuello si les dan la oportunidad de hacerlo para mejorar en fortuna. Otros, insolidarios, que jamás arriesgarán la gola para salvar la tuya, o incuso el Premio al Empleado Harto de Ajos del Año o Miss Rodilleras 2012. Vivimos en un mundo poco valiente y tenemos que aceptar esa realidad, pero en ningún modo conformarnos con ella. Y la clave para ello es la solidaridad, esa unión con cementos de amistad, reciprocidad y lealtad que hace que tu singularidad se funda con la de tu compadre de puesto y, juntos, se alcancen metas más elevadas. Si no en lo laboral, sí al menos en lo personal, porque al final, cuando uno termina su peregrinar y acaba ocupando exactamente los mismos dos palmos de tierra que el Gerente, el Presidente o quien toque, lo que nos llevamos es eso, y no otra cosa.

Hablaba antes de las bacterias que atacan a ese compañerismo sano, expresadas en forma de malos compañeros, jefes odiosos o encargados y propietarios deshumanizados. Como letra desencajada del molde que he sido toda mi vida no voy a venir a defender ahora un aguante pasivo a esas situaciones, pero sí una visión más amplia. Creo que alguna vez a todos nos habrá tocado ser sujetos pacientes de esa clase de actitudes, palabras o hechos, pero también creo que no habría nunca que corresponder a esos esfuerzos situándonos al mismo nivel. El año pasado dejé (y no de forma voluntaria) mi trabajo en una conocida empresa legal, en un cóctel agitado, pero no mezclado, de reducción de plantilla y alguna visión discordante por parte de mis encargados. Lógicamente me dolió, pero no manifesté en ningún momento ni cólera ni odio por esa decisión. Lo que era más valioso para mí (las personas maravillosas que aún acompañan mi peregrinar) siguen estando conmigo, y eso era algo que jamás podrá quitarme nadie de propio intento. El resto, siempre, será pura anécdota, si tu interior está lo suficientemente armado para entenderla como tal. Los reproches, las injusticias, incluso el acoso laboral, son casillas del juego que nos toca jugar, y que se desvanecen en mitad de la niebla una vez que has puesto los pies fuera. Nada debe desequilibrar nuestro centro de lo esencial: nuestra propia misión, probablemente ya acabada en ese lugar, y las personas que en él dejamos, el verdadero motivo de estar allí más allá de alimentarte o alimentar a tus churumbeles. Arrastrarse, suplicar, calumniar o expresar nuestra impotencia o rabia no nos aportará nada más que sufrimiento estéril y vacío, incapaz de expresar aprendizaje alguno.

Si la causa de nuestro malestar no es ése, sino un compañero o compañera que por lo que sea no nos acepta, el primer requisito de nuestra honradez debe ser buscar una solución en aras del bien común, que son los demás que nos rodean, y que inevitablemente van a verse afectados por el ambiente. Si no es posible el armisticio, habrá que desistir del intento, pero nunca cayendo en la tentación de un contraataque que jamás nos ayudará a crecer. Con los jefes intermedios la cosa es más complicada. Los hay de muchas clases, pero la más peligrosa es la categoría de esbirro, es decir, de aquél que le debe su nueva categoría a favores piramidales o a una función muy determinada. Ante eso, lo mejor es practicar la no resistencia, que en ningún caso es cobardía, sino alejamiento de algo que por estéril jamás podrá dar frutos.

Ya por último, la relación con nuestros superiores jamás debe basarse en el servilismo o en asumir inferioridad de ninguna clase. Tan hombre es el presidente de tu empresa como tú. Si se cae sufre dolor. Tiene que ir al baño, como usted o yo, emitiendo la misma fragancia el producto, y está sometido a la misma necesidad y contingencia que cualquiera. Desnudo nació, sin traje, corbata y dinero en el banco, y cuando se marche lo hará exactamente de la misma forma en que lo haremos todos, por mucha diferencia que pueda haber entre el lugar y el modo.

Ante esa certeza inevitable, ¿no es mejor pensar que lo importante, de verdad, es el cómo, y no el quién, el por qué, o el cuánto?

Cuida de quien comparte tu esfuerzo y tu sacrificio, y tendrás una parcela de cielo en la tierra. Ignóralo, desprécialo o hazle la vida difícil, y sólo la nada te rodeará.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Filosofía y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s