Sobre la ética en el mundo del trabajo, aproximadamente (IV)


La ética exterior: el valor del Principio

Hasta aquí he querido hablar de la experiencia personal en mi proceso vital como trabajador, y de las experiencias que en él tenido y que me han ayudado a procesar interiormente situaciones, valores y conductas que considero deberían ser universales para todos. A partir de ahora quiero hablar de lo que externamente me gustaría encontrar, o creo deberíamos esperar todos en nuestro camino.

Para qué engañarnos. No corre el río muy cristalino para pedir demasiado al respecto, porque la conducta de nuestros mandos y de nuestras empresas es directamente proporcional, y reflejo, de la sociedad en la que vivimos. Una sociedad dominada por los conceptos beneficio, competitividad y libre mercado. A toda costa y caiga quien caiga. Subvertirse a ese orden prácticamente universal parece tarea de locos o de individuos fuera del sistema. Pero muros más altos han caído, y para que las utopías se conviertan en realidad antes hay que creer que son posibles.

Pero siguiendo la tónica general de estas letras, voy a ir a lo concreto e inmediato, y no a lo general.

A todos nos gusta que nos traten bien, que nos respeten, que nos valoren y nuestras opiniones sean tenidas en cuenta. A todos nos gustaría también que nuestro salario fuese digno y acorde con el desempeño del trabajo que estamos realizando. Que nos tratasen como a un igual, en lugar de un peón que después de acabada la partida se guarda en una caja, y hasta la próxima.

Sabemos que, generalmente, no es así, pero nunca nos hacemos la pregunta de por qué no es así. Y el por qué no es así tiene su causa última en la falta de una ética propia y colectiva en los mandos, responsables e incluso compañeros con ganas de triunfar. Desde que Einstein descubrió la relatividad en la Física sabemos que la recta no es el camino más corto entre dos puntos, pero eso sólo es aplicable al espectro electromagnético. En lo que toca a relaciones humanas, un efecto siempre se deriva de una causa. Por tanto, la deshumanización del mundo laboral también tiene un antes, un durante y un después.

A mí me gusta ver ese proceso imaginando la ascensión a una montaña en busca de un tesoro perdido del que nadie conoce su naturaleza y beneficio (soy muy dado a las parábolas), así que imaginemos, que de vez en cuando no está mal que lo hagamos.

Había una vez una montaña enorme en mitad de un país desconocido. A su falda, atraídos por atraídos por ese Tesoro misterioso, van llegando por los caminos diferentes seres humanos, cada uno con su vida y circunstancias. Ninguno sabe de antemano qué es lo que busca, ni cómo es el tesoro. Todos vienen con sus propias ideas aprendidas, o con ninguna, así que cada uno lo sueña con los ojos de la imaginación. ese Tesoro misterioso, van llegando por los caminos diferentes seres humanos, cada uno con su vida y circunstancias. Ninguno sabe de antemano qué es lo que busca, ni cómo es el tesoro. Todos vienen con sus propias ideas aprendidas, o con ninguna, así que cada uno lo sueña con los ojos de la imaginación. .

Tampoco saben cómo es la montaña, porque ningún libro ni fotografía la han publicado nunca.

Abajo, al comenzar la ascensión, esos hombres solitarios van instintivamente uniéndose para escalar juntos el gigante. No hay guía ni camino trazado, así que suben por donde buenamente pueden. Por el camino hay pequeñas vaguadas y repechos, pero lo general es la ascensión dura, las piedras e incluso las verticales. La propia lógica de la montaña impone la colaboración, pero llegados a un punto, la codicia del Tesoro hace que sólo los fuertes lleguen a la cima, bien sea porque van mejor pertrechados de los arreos necesarios de escalada, bien porque siguieron una senda más rápida, bien porque no se preocuparon de quién dejaron atrás.

Así, sólo los más fuertes consiguen alcanzarla. El resto tiene que bajar o se queda en el camino. Es la Ley del Monte.

Una vez allí, la sorpresa.

Se consigue el tesoro, pero éste presentará múltiples caras, en función de los afortunados que hayan conseguido coronar la cumbre. Y después viene la bajada, y la llegada al pueblo, en el cual los felices y exitosos escaladores contarán a sus vecinos lo que vieron y consiguieron, llevándolo o no consigo, y utilizarán parte de ese tesoro en su propia vida.

La montaña no ha cambiado. El tesoro, aunque dividido en pocas manos, sigue siendo el mismo que se ocultaba en la cima llena de niebla.

Un lío, ¿verdad?

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