Sobre la ética en el mundo del trabajo, aproximadamente (y V)


En realidad no. Es una metáfora aplicable a todos los órdenes de nuestra existencia, pero esta vez la leeremos en clave de trabajo y valores personales.

La Montaña, por supuesto, es el Mundo en el que nos toca vivir. El Tesoro, los frutos que se obtienen con esa vida. Las personas que llegan a la falda del monte vienen por lo general sin ningún conocimiento aprendido sobre qué es lo que van a encontrar, o cuál es el premio más valioso al esfuerzo y penosidad de andar tronchando ramas y pateando laderas. Se carece de objetivo, de un valor que haga comprender mejor el motivo de esa subida. En este caso, de una ética formada que nos diga qué es lo correcto y qué es aquello de lo que deberíamos prescindir. A ese individuo aislado lo llamamos trabajador. La lógica de la montaña, desprovista de ningún tipo de valor colectivo, es descarnada y áspera, y funciona como un decantador en el cual se quedan las impurezas, en forma de individuos nacidos con peores condiciones sociales o personales. Al carecer de ese refuerzo común, cada uno hace la guerra a su manera. Los arneses y piolets son la clase social, la posibilidad de formación, la imbricación en el sistema o el modo socioconstruccionista de enfocar la realidad desde una perspectiva ombliguista y sorda. Si a esa cima (representada por las multinacionales, la banca y los organismos de esa religión laica que se llama Capitalismo) sólo llegan esos individuos, es lógico que el premio que encuentren sea el del Triunfo, el del Poder o el del Dinero. Y eso será lo que trasladen al pueblo a su llegada: que el fin justifica los medios, y que en lo alto de la Montaña sólo se encontraba el becerro de Oro, que como todo tesoro, hay que conservar guardado bajo cien llaves para evitar que puedan robarlo los aldeanos y las buenas gentes que rodean el País de la Montaña.

El proceso de formación de la desigualdad humana, entonces, tiene forma de pico y carece de dirección. La singularidad se convierte en colectividad y después en un valor abstracto (Beneficio, Libre Mercado, Explotación), representado por las grandes empresas, que desciende de nuevo, pasando por todos los grados intermedios, hasta el individuo concreto. Éste sólo tiene dos alternativas: ser propietario del tesoro o no serlo. Y en cualquier caso, recibirá siempre el mensaje del Escalador afortunado. En ese estado de cosas vivimos.

¿Es importante o no la motivación de escalar esa montaña ficticia que hemos dibujado?

Partimos de la base de nuestra propia ética. Si la tenemos, la subida a la montaña ofrece otra lectura distinta: ascender para traer ese tesoro, llamado superación personal, Conocimiento (con mayúscula) o Humanidad. La bajada será otra, y el relato contado a los lugareños no digamos.

De ahí que sea tan importante la ética propia a la hora de desempeñar todas nuestras funciones en la vida. Si empezamos careciendo de ella, acabaremos por seguir ciegamente los dictados de otros, sin reflexionar, sin aprender nada y, lo que es peor, no comportándonos con nuestros semejantes del modo en que estamos obligados a hacerlo.

Kant (aparecerá por aquí muchas más veces) distinguía dos clases de imperativos: el hipotético, o aquél que se realiza como medio de obtener un fin, y el categórico, que no depende de condición alguna. Comportarse humanamente, ateniéndose a los principios de la ética a la hora de trabajar, de relacionarse con los compañeros o mandar a los subordinados no debería estar relacionado con ninguna clase de premio o castigo. Debería ser una acción a realizar por nuestra propia naturaleza, como si existiese un universal llamado Trabajo Justo que todos entendiésemos como premisa básica.

La práctica nos dice que no es así, pero que tendría que ser así. Otro mundo sería no posible, sino realizable. Un mundo regido por el criterio de la igualdad, donde el mando de una empresa se desarrollase para atender al bien común y teniendo en cuenta a aquellos que son sus artífices, los trabajadores. Un ambiente de oficina sano, en el cual nadie luchase contra nadie para obtener más salario o más reconocimiento, y un verdadero servicio del trabajador para otros semejantes, basado en el esfuerzo propio y la comprensión de los problemas ajenos.

Y la clave para lograrlo no es externa a nosotros.

Somos nosotros mismos.

Yo soñaba que la vida era alegría.
Desperté y vi que la vida era servicio.
Serví y vi que el servicio da alegría.

Proverbio hindú

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