Eso no se dice, eso no te toca (II)


Volviendo al interminable post “El Amor, desde mi Ventana” (a la derecha de la pantalla se encuentra un enlace), en una de sus entradas hablaba un poco sobre una de las formas del Amor que observo: el amor maternal y paternal, situándolo a la cabeza de los tipos de amor que existen como el más genuino, puro y simple de ellos. Por supuesto, sigo pensando en su realidad, y lo hago desde la perspectiva de hombre que no tiene hijos, pero que cuidó algunos hace muchos años. Una aproximación unida a un sentimiento que guardo dentro también de querer ser padre, y serlo bueno. Eso ha pasado también por la lectura de libros de puericultura, y de observaciones de las experiencias de amigos y parientes (en algunos casos, con preguntas directas a varios de ellos (que algunos de los que me están leyendo saben bien). Y observo cómo chocan las experiencias de esos amigos con los libros. Todos ellos son, a mi juicio, excelentes padres. Amorosos y entregados. Cuando uno, sin embargo, lee cosas como algún método de un autor muy conocido, su mentor Ferber y algunas recomendaciones de otros dudosos pedagogos no deja de sorprenderse. Un bebé no es un mono o un perrito, sino un ser humano que tiene la mayor de las capacidades (para mí no natural) que puede tener un ser vivo: la capacidad de Consciencia. Ésa que hace que uno, cuando avanza el tiempo, sea capaz de reflexionar y también que sea lo que ha vivido. Me sorprendo porque veo que algunas de esas recomendaciones pasan por dejar que el niño o niña se queden roncos en su cuna llorando “para que no se hagan caprichosos” o “esclavicen a los padres”. Ese tipo de educación no va destinada al cuidado de un bebé, sino a satisfacer las necesidades de los padres. Empezamos mal si sugerimos que en un estado tan tierno de la vida tenemos que empezar a educar a un bebé como si nosotros fuésemos un Éforo espartano. Pero es muy consecuente con la idea de sociedad que hemos creado.

Un bebé llora porque siente una necesidad. No tiene forzosamente que ser que tenga hambre, haya que cambiarle el pañal o esté enfermo. Puede ser simplemente la necesidad de ser abrazado y confortado por su madre o su padre. De sentir el vínculo de la piel y la calidez del amor. Esto no es apretar un botón y que caigan cacahuetes. Es un algo mucho más sutil y a la vez más importante. Es el Vínculo, lo que nos hace ser humanos: el Amor. Si tu instinto te avisa que al escuchar esos lloros tu corazón se mueve a ir a mecerlo, es por algo.

Un bebé cuidado con abrazos y mimos será, andando el tiempo, un adulto seguro de sí mismo y sin carencias. Sabrá que no está solo, que siempre habrá alguien que lo ayude cuando lo necesite. El estímulo será positivo. No será “No llores”, sino “Estoy aquí”. Un bebé que se cría pensando que los lloros son una molestia para sus padres, una manifestación de debilidad o incluso una expresión despótica acabará siendo un niño retraído y un adulto que tendrá dificultad en expresar de modo claro sus necesidades de afecto, o que las ocultará directamente. Tendemos a pensar en un niño como en un adulto para algunas cosas y como un ser irracional para las restantes. Y ni una cosa ni la otra. Un bebé manifiesta sus necesidades a través del llanto, porque no tiene otro modo de hacerlo. No lo hace por molestar: lo hace porque lo necesita. Y tampoco es tan irracional como para no entender el valor de una palabra, que le hablen sin monosílabos y con palabras tranquilizadoras.

La educación basada en el amor no es una malcrianza, y que me corrijan si me equivoco. Es el estado natural de un ser humano que sabe que todo, absolutamente todo, está relacionado. Que el espacio vacío es una simple ilusión, un Mâyâ que sólo crean nuestros sentidos. En el nivel profundo, ése que no se ve ni se toca, las realidades son más tangibles. El amor llama al amor. El dolor, al dolor. Y la carencia a un estado similar. A veces, la Causalidad es sabia y mezcla los términos, para enseñarnos lecciones mutuas o para ayudar, imbricar. Relacionar. Tengo la percepción sensible pero no tangible de que algunos de los sucesos de mi vida han ido encaminados por ese algo, o ese Alguien, para mi propio aprendizaje y el de otros, y que en situaciones distintas el paisanaje ha venido justo cuando ha tenido que venir. Espero que la sensación haya sido recíproca y dejado su poso.

Eso no significa, por supuesto, que se deba convertir a un niño en un pequeño tirano. Un niño, cuando ya es un poco más mayor, aprende por el ejemplo de sus padres. Si desde esa edad se les acostumbra a la seguridad, a unas directrices claras, y se tratan de resolver sus dudas proporcionalmente a su capacidad de comprensión, después los efectos serán beneficiosos. A la larga y para siempre. Lo que no se puede hacer es tratar de que la experiencia de la maternidad o de la paternidad sea algo que dependa del criterio de terceros. Cada niño es único, y por tanto la capacidad de la observación debería ser fundamental.

Y hablar. Un bebé entiende todo lo que se le dice. Incluso dentro del vientre de la madre. Como dije antes, no tengo hijos, a pesar de mi edad, e ignoro si los tendré alguna vez. Pero si los tuviera, me encantaría hablarle a mi hijo cuando estuviera aún dentro de la tripa de su mamá. Hacerle partícipe de que esto es cuestión de un equipo, de lo amado y deseado que es, y de lo mucho que se le querrá una vez que nazca. O abrazar a su madre mientras le esté dando de mamar, para lograr una unión parecida. Estoy convencido de que lo escuchará y lo sentirá, y quedará grabado en su memoria, aunque luego falle la aplicación informática para recordarlo conscientemente. Lo que no pueda expresarle con acciones, lo dejaré escrito con palabras, por si acaso.

¿Y es que a veces, acaso, lo más importante no es lo que se puede contar, sino lo que se puede sentir?

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