Eso no se dice, eso no se toca (IV)


Un elemento fundamental en la aplicación del ano08013Miedo como terapia efectiva es la creación de opuestos: la figuración de un enemigo imaginario ante el cual hay que defenderse. Es una estrategia tan vieja como el mundo mismo, que han practicado todas las sociedades jerarquizadas, los Estados y los distintos sistemas políticos, sociales, algunos religiosos (no todos) y culturales en los cuales hay una cabeza privilegiada o fanatizada y un vulgo prescindible como valor y al mismo tiempo necesario como mano de obra para la consecución del objetivo último. El sujeto ha ido variando, pero no la idea. La tribu rival, la creencia opuesta, los hebreos, los templarios, la ciencia e incluso lo que ahora vienen llamando algunos elementos carpetovetónicos el modernismo. Es una práctica muy extendida en los movimientos totalitarios, identitarios y nacionalistas (me da igual la clase de nacionalismo, me parecen todos igual de atrasados). El Miedo crea sensación (sólo sensación) de cohesión y a la vez permite una dominación difusa en apariencia, pero certera a la larga. Si hay un chivo expiatorio en el cual descargar todas las culpas los propios errores se maquillan o disfrazan, y aparece la figura protectora del tirano que, con la excusa de defender de ese mal, se acaba apoderando de la libertad y libre albedrío de la persona.

La Suciedad.

Todo aquello derivado de una sexualidad sana (es decir, de aquella en la que está presente, más allá de la pura genitalidad o la satisfacción primaria de sentimientos de carencia o de soledad el amor en cualquiera de sus manifestaciones) es, para estos fanáticos, intrínsecamente perverso. Por tanto, reprimamos el cuerpo, que el beneficio a la larga será mayor (en en modo ironía, claro está). Puedo tolerar que cada cual haga con su vida lo que estime oportuno, desde represiones de pensamiento hasta incluso la mortificación del sombras-1[1]cuerpo a través del uso de disciplinas e instrumentos semejantes o lo que buenamente se le ocurra (el tema del estado mental de quien haga eso ya es cuestión bien distinta), siempre que lo haga como un acto de volición voluntario y no condicionado (aunque dudo mucho que eso pueda ser pensamiento natural de nadie, pero sea), pero no que se pretenda inculcar a otros, en las fases tempranas de la vida, esos modos que tienen tinte de enfermedad, y de las graves. Generaciones enteras han sido imbuidas de esos Principia desde la primaria, y los efectos saltan a la vista en muchos casos. Si reprimimos un acto natural, tan natural como comer, dormir, reír o excretar, las consecuencias no tardan en aparecer, por exceso o defecto.

No se le pueden poner puertas a la parcela, porque o bien no entra nadie dentro, o bien las reses acaban saltando y huyendo en estampida.

Vivir una vida afectiva, incluso en lo físico, sana 16990014debería ser materia que cada uno practicásemos todos los días. No veo nada de perverso en amar a una persona de ese modo, y al menos puedo afirmar que todas las relaciones que he tenido de esa índole siempre han estado basadas en el amor, y no en la necesidad o en la fugacidad, y en ese sentido fueron para mí buenas, integradoras y sanas. Espero que así fuera también para las mujeres que las compartieron conmigo, con independencia de lo que buscasen en ellas. Lo que no acepto, de ningún modo, es que alguien que no sabe nada de la materia venga a darme, a darnos, lecciones de si esto o aquello está bien o está mal, y menos de tratarnos como si fuésemos reos de mancha o suciedad por ello. Me sorprende el atrevimiento con el que algunos hablan de estas cuestiones, sin tener la más mínima idea (o al menos sobre el papel, que luego la vida real, y no la fingida, ya será otra cosa) de lo que dicen. Y mucho menos, de aquellos que tratan de reprimir esos actos naturales con ideologías más o menos extravagantes y en algunos casos muestra de un desequilibrio mental evidente. Hace años conocí a una persona que sufrió en sus propias carnes las bondades de una educación semejante. Su director le llevaba hasta un registro semanal en el cual debía de anotar las veces que practicaba el amor propio, y someterse a una penitencia después, sumado a unos pijamas específicamente diseñados para evitar el contacto innecesario con ciertas partes del cuerpo (uno se pregunta cómo desbeberían esos untitledpobres muchachos) Prefiero no imaginar el estado calenturiento de la conversación en cuestión, o su probable efecto morboso en el ánimo y rijo del entrevistador —podría contar testimonios más duros aún que ése—, ni cuáles eran los argumentos ni las penitencias. Lo que sí veo es un daño, un destrozo a veces irreparable que puede hacer quebrar la mente de quien no la tenga la suficiente fuerza mental como para resistir el envite.

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