Ma’at, o la esencia del Orden invisible (II)


Hay algo en lo que sí podemos considerarnos herederos del pensamiento egipcio: la Dualidad. En un pensamiento como el que la deriva nos ha traído, con líneas difusas y aparentemente indefinidas, inmediatamente, y casi como corolario necesario, surgen los opuestos: la eterna lucha entre el Bien y el Mal, entre el Orden y el Desorden, entre la Ética y el Carpe Diem. Parece casi una contradicción, pero no lo es. Allí donde no existe una frontera clara, los opuestos se manifiestan con mayor intensidad, aunque sea a través de la huida o de la negación de su existencia.

ciclo de la vida

La lucha entre Horus y Seth, o ente Ra y Apofis, es la eterna lucha entre nuestra cualidad humana y nuestra filiación divina. Esto son palabras mayores para poder digerirlas tras el café o las pastas, así que inmediatamente surgió el Mito para venir en ayuda del esclarecimiento. A nosotros no nos parece inmediato porque vivimos en un mundo completamente artificial, pero para los egipcios el tema era mucho más próximo. El contraste entre el desierto y la tierra fértil, entre el Delta y el Alto Egipto, entre el reino Celeste (Duat) de los dioses y la Tierra Negra (Khemet) de los mortales hacía mucho más cercana la comprensión de ese dualismo, de esa lucha constante, diaria y cíclica entre la Luz y las Tinieblas. Detalle este último, el circular, que sí que nos es completamente ajeno, acostumbrados como estamos, desde hace siglos, a entender todo nuestro proceso como Humanidad de forma dialéctica, proceso que inicia Aristóteles (otros antes, pero en menor medida) y culmina con Hegel. Desde el momento en que perdimos la visión de que somos Uno no sólo con nuestro entorno, sino también con el resto de los seres que forman parte de él (nuestros hermanos, pero también el resto de los seres vivos) dejamos de comprender la cualidad circular de la Creación (lo que en películas modernas y —presuntamente— para niños alguien llamó El Ciclo de la Vida). Circularidad que no es ni buena ni mala. Simplemente ES. Y lo que es, en su totalidad, abarca lo bueno y lo malo, lo divino y lo humano y todos los pares de opuestos imaginables, sin cuestionamiento alguno sobre la posición que éstos deben adoptar.

dualidad 1

Ma’at es el elemento que convierte ese ciclo circular en algo ordenado, bueno, justo y bello. Lo que todos queremos para nuestras vidas, y las de los demás. Y aquí empiezo ya, después de la teoría, a abrir mi corazón.

La traducción del término implica tres conceptos:

Orden, Verdad y Justicia. Ninguno de ellos se entiende sin la presencia de los restantes, porque Ma’at, para esos seres que pisaron la Tierra antes que nosotros, es algo equivalente al Logos griego: La Palabra, el Sentido, la Sabiduría o la Armonía. Indivisible. Aprehendible desde la totalidad sin división. Completo sin necesidad de adiciones. En el encabezamiento que precede a este escrito, del Evangelio de Juan, Palabra tiene el mismo significado, la Razón del Universo, aquello que le da sentido. Dios.

No es de extrañar, teniendo en cuenta que este Evangelio se les coló a los puristas. La cita es claramente gnóstica, y huele a egipcio. A Piedra de Shabaka. A miles de años de pensamiento racional-espiritual anterior al compendio.

Volvemos, que me estoy dispersando.

Ma’at como Orden.

Cuando nos ensoberbecemos y pensamos que somos dioses creemos en cosas como el azar, el caos ilógico y lo que ven (sólo lo que ven) nuestros ojos. La falta de humildad es una constante en el ser humano desde que es humano. A cada progreso de la tecnología nos hacemos más y más narcisistas, pensando que alguna vez seremos capaces de crearlo todo.

¿Seremos?

Lo dudo.

simbolo

Ma’at regula la Creación y la hace lógica y coherente. Regula los ciclos vitales, desde el nacimiento a la muerte, la destrucción para la renovación y el avance conjunto de todos los elementos animados e inanimados que conforman nuestra realidad. Igual es lo que siento por dentro, lo que he sentido desde siempre cuando he mirado las estrellas. Siempre he tenido la intuición (esa sabiduría que no se expresa con palabras) de que todo tiene un sentido. De que cada una de las aparentemente caóticas acciones que se producen aquí y allá están encaminadas a un propósito. Conjunto e individual. Pero el Todo se compone de partes individuales. Usted. Yo mismo.

ciello estrellado

Cuando siento desaliento, tristeza o soledad me acuerdo de esa realidad, y empiezo a sentirme un poco mejor. En realidad, esas sensaciones forman parte también de algo ordenado, de un ciclo. Un ciclo de aprendizaje, en el que cada cosa tiene su importancia en mi proceso vital. Si cuando era pequeño no me hubiese puesto tan malito ahora no sería como soy. No hubiese leído lo que he leído. No hubiese tendido a la introspección, a observar tratando de introducirme en el interior de las cosas y (hasta los límites que son respetables) en la Esencia de las personas. Si no hubiese sentido la Injusticia siendo aún un adolescente imberbe no hubiera podido desarrollar el concepto y hubiera podido acabar siendo como tanta gente que pasa de puntillas ante los problemas de los demás. Si mi corazón no llevase heridas no hubiera podido evolucionar de cada una de ellas y crecer como hombre adulto.

Todo ha sido un proceso. Esta noche estoy sentadoproceso vital en un ordenador en una buhardilla. Solo. Pero no me pesa la soledad. Desde la ventana se ve el cielo, y si abstraigo mis sentidos de ese naranja tan espantoso que proporcionan las luces de la ciudad confundidas con las nubes y el humo estaría viendo Orión y las estrellas del Sur (estamos en invierno en el momento de escribir esto). Y entonces no me siento tan solo, porque sé que hay un por qué a todas mis preguntas, aunque el tiempo no me alcance a comprenderlas todas. Porque sé que hay una explicación a cada uno de mis sentimientos, y que formo parte de esas mismas estrellas, y de todo lo que me rodea. Y de ti que me lees también. Si cierro los ojos ya no veo la materia, pero sigo sintiendo, y entonces comprendo parcialmente.

Aunque eso ya es más difícil de explicar.

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