Santiago en el corazón


Beyond the door, there’s peace, I’m sure
And I know, there’ll be no more tears in Heaven

Eric Clapton
lazo

Llevo más de tres meses sin escribir una sola línea en este blog, por motivos que no vienen ahora al caso. Empecé a escribir un libro que he dejado parado en la mitad de su redacción porque entiendo que ahora no es el momento de terminarlo, hasta que interiorice y comprenda bien los conceptos que quiero expresar con él.

Sin embargo, hoy retomo con esta entrada Salitre y Tormenta, a raíz de un suceso que me ha conmovido especialmente y que no puede dejar indiferente a nadie. El accidente del Alvia Madrid-Ferrol en Santiago de Compostela del 24 de julio será una fecha que cualquier persona con un mínimo de sensibilidad no olvidará jamás.

Algo sobre lo que me nace escribir.

Hasta el momento de redactar estas líneas, 79 fallecidos. Una cifra bestial, lúgubre. Siniestra. Porque detrás de cada uno de esos dígitos hay no sólo alguien cuya trayectoria vital acabó antes de tiempo. Hay familias, amigos, vecinos. Hay parejas de novios que viajaban juntos. Hay familias que iban a celebrar un bautizo. Hay madres que no podrán abrazar más a sus hijos. Hay, y habrá, siempre un hueco en aquellos que se quedan, para tratar de olvidar lo que el inesperado Destino, en menos de un minuto, se llevó. Pero no para olvidar a quienes se marcharon, porque eso jamás sucederá.

Nuestra forma de ser y actuar nos hace pensar, muchas veces, que somos inmortales. Guardamos rencores, afeamos conductas, nos ponemos la mar de exquisitos. Disputamos por auténticas absurdeces que en la mayor parte de los casos tienen una solución muy sencilla. Vivimos pensando que aquellos a quienes amamos, o a quienes recordamos, estarán siempre ahí, y que ya habrá tiempo de pedir perdón, o de cesar en nuestros berrinches. Pero una tarde de julio te das cuenta de que las cuentas pendientes hay que dejarlas a cero a la mayor brevedad posible, a riesgo de que un golpe en una traviesa, una enfermedad súbita o cualquier otro azar conviertan ese deseo en algo inútil e imposible de realizar, para siempre.

Sólo de pensarlo se me ponen los pelos de punta. Por circunstancias, servidor que les escribe es alguien a quien le cuesta un horror dejar marchar a personas de su vida. O que, tal vez, no lo haga nunca, porque siempre hay un recuerdo para esas personas y una posibilidad. Pero cuando ves, en una televisión, de forma aséptica, el dolor inhumano de aquellos que ya no podrán jamás decir “lo siento” o abrazar a sus seres queridos te das cuenta de que las barreras y las separaciones son algo tan fútil como el orgullo o la vanidad. Y reconoces que tal vez, cotidianamente, no haces lo suficiente como para que nunca llegue el día en que tengas que llorar o te tengan que llorar dentro de un cajón de madera con las palabras atragantadas dentro y mudas para siempre.

Los muertos no volverán jamás, pero si hay algo que verdaderamente me ha conmovido, hasta esas lágrimas que ya hace mucho tiempo no pueden salir de mis ojos, han sido dos hechos: la enorme marea humana de solidaridad y esas pequeñas historias personales de los supervivientes que nos hacen comprender lo que verdaderamente importa de la vida.

No hay palabras para expresar lo realizado por los vecinos de la pedanía Compostelana de Angrois. Detrás de cada uno de ellos se esconde un héroe anónimo, una persona con un corazón maravilloso. Una señora mayor besando a un herido y diciéndole “cariño, que no pasa nada, que no tienes nada”, y respondiéndole él que “no la olvidará jamás”. Lógico… Un chaval de apenas 15 años que tiene las santas narices de meterse dentro de un vagón de tren a buscar supervivientes, rodeado de un averno más espantoso que el que pudiera haber retratado Bosco alguno en la Historia del Arte. Vecinos vaciando sus casas para dar sepultura provisional a los muertos y calor a los heridos, para dar de comer a los voluntarios, para improvisar camillas,… Muy fuerte.

No hay premio que pueda recompensar a esta gente, pero ojalá se acuerden de ellos para el Príncipe de Asturias. Desde aquí queda escrito.

No se acaba esa marea humana en Angrois. Cientos, miles de voluntarios dejaron sus vacaciones o tiempo de descanso para echar una mano. Hoteleros que cedieron camas gratis para familiares. Las miles de personas que acudieron en masa para donar su sangre y que a los heridos no les pudiera faltar nada,… en fin.

Uno se reconcilia con el género humano con sucesos como éste. Porque se da cuenta de que nos convierten en masa con fines nada esclarecidos, pero que cuando llega la hora de la verdad todos, hasta los más fríos, sacamos a relucir ese corazón con el cual deberíamos guiar (casi) todos nuestros actos vitales. Que si nos lo creyésemos un poco más y confiásemos más en ese instinto este mundo sería un lugar mejor para vivir. El ejemplo de todas estas personas, de la primera a la última, a mí me ha conmovido hasta los cimientos, y ha dejado una huella que espero dé sus frutos en los próximos tiempos. Imagino que como a muchas personas, incluso a algunas que me leéis.

También una profunda piedad por el maquinista, que no es verdugo, sino víctima de esta desgracia, y a quien ya se están empezando a encargar algunos de linchar para tapar eventuales responsabilidades. Si todos fuésemos capaces de ponernos en la piel de ese hombre creo que no nos atreveríamos a juzgarlo.

Termino estas líneas con otro de los gestos que no olvidaré nunca. El del niño superviviente de la tragedia a quien dos personas desconocidas regalaron un pequeño dinosario. Él ya ha recuperado el suyo, pero ese gesto aparentemente tan simple esconde una bondad y una humanidad enormes.

Ese niño sonriendo abrazado a un muñequito es la indicación de que la Vida sigue. A mí me ha hecho llorar.

Y eso es decir ya mucho.

In mémoriam por todas las víctimas del Accidente, y con el abrazo para todos sus seres queridos.

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