El Proceso de la Presencia (III): Séptima Sesión


A lo largo de toda esta semana he trabajado intensamente la séptima sesión de El Proceso de la Presencia. Adelantándome casi hasta la octava, porque mis cuerpos (el físico, el mental y el emocional) van pidiendo más y más trabajo a medida que se desprenden de sus capas irreales y angostas.

Si puedo comparar a algo lo que he sentido en esta semana es al proceso de desnudez en presencia de alguien especial. Es como si te fueras desvistiendo hasta quedarte en los más puros cueros, y verte como eres realmente. La ficción del tiempo va cayendo como las prendas al suelo, y te vas quedando tú. Sin máscaras. Sin nebulosas blanquecinas o amarrillentas de recuerdos en algunos casos mohosos y en otros tal vez más recientes, pero no por ello menos irreales o ficticios.

Desnudo, pero sin sentir frío. Todo lo más, con cierto fresco, el que se correlaciona con la pérdida de calor del dolor y el malestar, que al ser expulsados van mutando y tratando de hacerse fuertes en otros lugares, pero ya sin la capacidad de agarre que antes tenían.

Antes.

Antes.

¿Existe el antes?

Cronológicamente (físicamente) no. Mentalmente, “tal vez”. Emocionalmente, sólo mientras uno le permite estar dando vueltas o aletear alrededor de uno.

Mi pequeño niño interior quiere salir del sótano y se está manifestando en detalles sorprendentes. Vuelvo a sentirme de nuevo a salvo en mi cuerpo, y ese niño al que no le presté atención la demanda ahora, en forma de situaciones y nuevas vivencias. Más espontáneas. Menos dramáticas. Me sorprendo a mí mismo sonriendo mientras viajo en autobús. Eso en mí, y en mi seriedad absurda, era impensable sólo hace unos meses. Me sorprendo teniendo pensamientos positivos, sintiendo las canciones (de nuevo) cuando las toco. Dejándome llevar sin pensar en el qué, el cómo o el cuándo.

Siguen apareciendo personas de mi pasado a la llamada de mi verdadero ser que empieza a emerger, como el liquen, entre la capa de hielo que se está deshaciendo a mayor velocidad que cubito de hielo sobre horno. Siguen manifestándose frutos. El lunes acudí a un establecimiento. Para variar, fui a la sección de libros. Normalmente, antes, siempre que pasaba por una libería o una papelería (o colmado asiático) sentía la compulsión (adicción) de comprar algo. Sin embargo, esta vez, ojeando los libros, me di cuenta de que ninguno representaba nada para mí. Mi alma no se sentía llamada a llevarme ninguno de ellos. Y entonces caí en el detalle y en la revelación de que a nuestro alrededor y en el momento presente hay que dejarse llevar por la intuición y el corazón. Hasta con la pura materia, que no deja de ser una extensión de nosotros mismos, pero no la única realidad.

Siento también que cosas que antes me dolían enormemente están dejando de importarme. Y esa sensación estúpida de ser una víctima de las circunstancias. En mi mundo no necesito revolucionar nada, pero el gobernador soy yo. Justo, ecuánime e imparcial, pero recto.

A cada día que pasa me voy desprendiendo de más ropajes. El tabaco ya me sienta francamente mal, lo que quiere decir que empiezo a no necesitarlo para controlar mis emociones, y que es muy probable que nuestra relación de amor-odio, que se inició formalmente a principios del mes de abril de 2003 en una plaza de Salamanca, esté próxima a terminar, una vez que aquello por lo que establecimos el vínculo está desapareciendo comido por la bruma.

De ahí, a soñar, ya sólo queda un paso.

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