Cuando el enemigo eres tú (II)


images (6)Inmensamente sabio será aquel que sepa encontrar la respuesta. Pero, según creo y he vivido, gran parte de que eso sea así es nuestro propio recorrido, y el uso que le demos a elementos como el Miedo, la Vergüenza y la Culpa. Ya hablé antes de eso.

Un suceso desagradable es algo que acontece en un momento o intervalo determinados. Después de eso deja de existir, subsumido por otros hechos igual de importantes, relacionados o no, que forman parte de nuestro devenir cotidiano. Lo que diferencia a un buen recuerdo de un mal recuerdo es que frecuentemente este último deja, además del malestar transitorio, una impresión en nuestra mente. Nuestras neuronas, que son como esos anaqueles perdidos en los que se almacenan nuestros reflejos sensoriales y todo lo que es importante, establecen conexiones que permiten que esa impresión siga viviendo de forma autónoma.

Minutos. Días. Semanas. Meses. Tal vez años después.

Esto, que parece una explicación puramenteimages (10) positivista y biológica, esconde en realidad un significado más espiritual. El cerebro, al igual que nuestro brazo, nuestro ojo, nuestro corazón o nuestra piel, no son más que células organizadas, compuestas a su vez por átomos, que se conforman de diversos elementos que subsisten en un estado dual, como ondas y como partículas. Como partículas son reales, tangibles. Como ondas, representan un a fase de pura potencialidad. Sólo evolucionan a lo material cuando nosotros, conscientemente, nos fijamos y las observamos.

¿Qué es, pues, un pensamiento o un recuerdo? Una realidad cristalizada por nosotros mismos. La impresión que deja lo negativo hace que la situación de mal perviva en nuestro interior, como algo autónomo y al mismo tiempo parte de nosotros, aunque sea igual de tangible que el sol que ahora mismo se filtra por la ventana o la sensación de frío. Y sin embargo le atribuimos una existencia objetiva, una vocación de permanencia que en ningún caso tiene, o que depende de uno mismo variar o hacer desaparecer.

images (14)Las impresiones que crean los sucesos desagradables arraigan así en nuestro interior, como una mala simiente que va emponzoñando poco a poco nuestro espíritu. Si es un hecho aislado, queda circulando por nuestro ser como una placa de ateroma solitaria que sólo se activará en momentos muy puntuales, con escasas consecuencias. Pero ay,… si son muchos más, si vamos estableciendo conexiones entre esos elementos, el resultado será muy distinto. Y ahí es donde entra en juego nuestro miedo y las primas llegadas del pueblo, la vergüenza y la culpa.

La vergüenza es el espejo de nuestro supuesto fracaso que nos figuramos reflejado en las niñas de los ojos de los demás. Un sentimiento negativo que no existe de forma objetiva, sino sólo en nuestra mente. La culpa es también una composición autónoma de reacción o respuesta (caben las dos modalidades) ante un comportamiento propio, haya sido bueno o malo, pero sin resolver.

El Miedo es la causa última de todos nuestros problemas, y quien siga esta página ya habrá leído en más de una ocasión que para mí es la clave de todo. Tiene muchas formas de manifestación: desde el egoísmo a la superficialidad, pasando por el perfeccionismo o la baja autoestima. Cuando perdemos la noción de Unidad con todo lo que nos rodea nos vemos a nosotros mismos como icebergs flotando en un mar de peligros, de amenazas, de seres que nos quieren hacer daño, y destinados a fundirnos en la nada. En una sociedad hipertecnológica como la nuestra, en la que se ha perdido la comprensión de la vida como un todo Holístico, es un hecho que esa soledad acarrea, y acarreará cada vez más, unos problemas que hay que fijarse poco para comprobar que no tienen aquellos seres humanos que viven imbricados con el medio. ¿Alguien conoce a un inuit con stress o a un mapuche con agorafobia?

Miedo. Miedo a perderte. Miedo al paro, images (15)a sufrir un ictus o a que la amiga de tu madre piense que eres un fracasado. Miedo que conduce a que te sientas feo, a que te veas gorda, a trabajar dieciséis horas para poder tener un Audi TT, a comprar un potingue absurdo para ocultar las arrugas que deja el inevitable paso del tiempo. Miedo que hace que consumas relaciones o justifiques tu proceder como algo bueno cuando sabes que no lo es. Te piso a ti para evitar que tú me pises antes. Vergüenza a que te vean como realmente eres. Culpa por no ser lo que los demás esperan de ti.

Y más. Y más.

Y llega el STOP. Llega el parón de forma brusca. Llega la señal inequívoca de que el camino no es el correcto. Y esto, como fugitivos profesionales que somos, también tratamos de ocultarlo. Y es entonces cuando la Causalidad, que todo lo ve, interviene dejando las cosas claras, susurrándote a través de una manifestación que te dice, si sabes interpretarla:

No me has estado haciendo caso en todo este tiempo, así que, como te veo tan obstinado, voy a buscar algo que no puedas controlar para que caigas en la cuenta de que necesitas variar el rumbo”.

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